Hay momentos en la vida que no tienen explicación fácil.
Momentos en los que uno se levanta por la mañana y el peso de lo que está viviendo se siente tan grande que hasta respirar cuesta trabajo. Momentos en los que uno mira hacia arriba y pregunta en silencio: ¿por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Dios, si me amas, permites que yo esté pasando por esto?
Esa pregunta es válida. Es humana. Y Dios no se ofende cuando se la haces.
Tal vez estás pasando por una enfermedad que no esperabas. O por una crisis económica que no ves cómo va a terminar. Tal vez tu familia está rota y no sabes cómo arreglarla. Tal vez perdiste algo o a alguien que era muy importante para ti. Tal vez simplemente estás cansado. Cansado de luchar, de esperar, de seguir creyendo cuando todo a tu alrededor parece decirte que no hay salida.
Y en medio de todo eso, Dios parece estar en silencio.
Quiero hablarte de ese silencio hoy. Porque no significa lo que tú crees que significa.
Cuando un niño pequeño va al médico y le van a poner una inyección, el niño llora. Le duele. No entiende por qué su mamá, que lo ama tanto, está dejando que alguien le cause ese dolor. Desde donde él está, no tiene sentido. Pero la mamá sí sabe lo que el niño no puede entender todavía: que ese dolor pequeño lo va a proteger de algo mucho más grande.
Dios es así con nosotros.
No siempre nos explica el por qué. No siempre nos da el mapa completo del camino. Pero sí sabe exactamente lo que está haciendo. Y lo que está haciendo tiene un propósito, aunque desde donde tú estás parado ahora mismo no lo puedas ver.
La Biblia habla de José. Un muchacho que fue traicionado por sus propios hermanos, vendido como esclavo, metido en la cárcel sin haber hecho nada malo. Si José hubiera escrito su historia desde adentro de esa cárcel, hubiera dicho que todo estaba perdido. Que Dios lo había olvidado. Que no había salida.
Pero Dios no lo había olvidado. Cada cosa que José vivió, por dura que fuera, lo estaba preparando para algo que él todavía no podía imaginar.
«Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien.» — Génesis 50:20
Lo mismo puede ser verdad en tu historia.
Ese momento difícil que estás viviendo hoy no es un castigo. No es señal de que Dios te abandonó. No es prueba de que tu fe falló. A veces es exactamente lo contrario: es Dios trabajando en ti, formándote, preparándote para algo que todavía no puedes ver desde donde estás.
El fuego no destruye el oro. Lo purifica.
No te estoy pidiendo que finjas que estás bien cuando no lo estás. No te estoy pidiendo que sonrías y actúes como si no doliera. Te estoy pidiendo algo mucho más difícil y mucho más valioso: que confíes. Que aunque no entiendas, aunque duela, aunque el camino se vea oscuro, sigas caminando de la mano de Quien sí sabe hacia dónde va.
Porque este momento difícil no es tu final. Es parte de tu historia. Y las historias más hermosas siempre tienen un capítulo oscuro antes del amanecer.
Si hoy necesitas fuerza para seguir, ora esto conmigo:
«Señor, no entiendo lo que estoy viviendo. Me duele y estoy cansado. Pero decido confiar en que tú tienes el control de todo esto. Dame fuerzas para seguir un día más. Y ayúdame a ver tu mano en medio de todo lo que no entiendo. Amén.»
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




