Cuando todo se derrumbaba, ellos comenzaron a orar.

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Cuando todo se derrumbaba, ellos comenzaron a orar.
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Hay noticias que uno no puede leer a la ligera.

Porque detrás de cada cifra hay una familia.
Detrás de cada edificio caído hay una historia.
Detrás de cada sobreviviente hay una vida que pudo terminar en segundos.

En Venezuela, un fuerte terremoto doble sacudió el estado de La Guaira. Edificios enteros colapsaron. Torres de varios pisos se vinieron abajo. Muchas personas murieron, miles resultaron heridas y muchas familias quedaron buscando a sus seres queridos entre los escombros.

Y en medio de esa tragedia, una historia tocó el corazón de muchos.

Una congregación evangélica estaba reunida en pleno culto cuando la tierra comenzó a moverse con violencia. El templo todavía estaba en construcción, sin paredes levantadas por completo, y eso permitió que muchos pudieran ver con sus propios ojos cómo alrededor de ellos los edificios se derrumbaban.

Imagínate ese momento.

La gente corriendo.
El piso moviéndose.
El techo empezando a ceder.
El polvo levantándose.
El miedo entrando al corazón.

Algunas mujeres quedaron paralizadas. No podían moverse. No solo por el temblor, sino porque sus familias vivían en los edificios que acababan de ver caer.

El pastor, que ya había salido con los primeros movimientos, regresó junto a otro hermano para ayudar a rescatarlas. Segundos después, la estructura cedió.

Y cuando todo terminó, cuando el templo quedó destruido, cuando el polvo todavía estaba en el aire y la ciudad estaba llena de dolor, la congregación hizo algo que habla más fuerte que mil palabras.

Se tomaron de las manos y comenzaron a orar.

No estaban celebrando la tragedia.
No estaban ignorando el dolor de los demás.
No estaban diciendo que su vida valía más que la de quienes murieron.

Estaban dando gracias porque, en medio de tanta destrucción, Dios les permitió seguir con vida.

Y aquí es donde debemos tener mucho cuidado.

Cuando escuchamos una historia así, podemos decir: “Fue un milagro”. Y sí, para quienes sobrevivieron, así se siente. Pero también debemos recordar con respeto a los que no sobrevivieron. Porque la fe no nos hace insensibles al dolor ajeno.

La Biblia dice en Romanos 12:15:

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran”.

Eso significa que podemos dar gracias por los que fueron salvados, pero también debemos llorar con las familias que hoy están sufriendo.

Porque Dios no solo está presente cuando alguien sale con vida.
Dios también está cerca del padre que perdió a su hijo.
De la madre que está esperando noticias.
Del anciano que quedó sin casa.
Del niño que no entiende por qué su mundo cambió en segundos.

Esta noticia nos recuerda algo que a veces olvidamos: la vida es frágil.

Uno puede salir de casa pensando que todo seguirá igual.
Uno puede estar en un culto, en el trabajo, en la ducha, en la calle, y de pronto descubrir que no tenemos el control de nada.

Por eso, más que vivir con miedo, debemos vivir preparados.

Preparados para amar más.
Preparados para perdonar más rápido.
Preparados para buscar a Dios de verdad.
Preparados para entender que nuestra seguridad no está en los edificios, ni en el dinero, ni en la rutina, sino en Cristo.

Jesús dijo en Mateo 24:44:

“Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis”.

No sabemos el día ni la hora.
No sabemos cuándo será nuestro último abrazo.
No sabemos cuándo será nuestra última conversación.
No sabemos cuándo será nuestra última oportunidad para volver a Dios.

Por eso, esta historia no solo debe conmovernos.
Debe despertarnos.

Hoy Venezuela necesita oración.
Necesita ayuda.
Necesita consuelo.
Necesita manos dispuestas a servir.

Y nosotros, desde donde estamos, podemos levantar una oración sincera por los heridos, por los que perdieron familiares, por los rescatistas, por las iglesias, por los niños, por los ancianos y por todos los que hoy están pasando por una noche muy oscura.

Que esta tragedia nos recuerde que la vida se puede mover en segundos, pero Dios sigue siendo refugio para el corazón quebrantado.

Si hoy estás vivo, no lo tomes como algo normal.
Dale gracias a Dios.
Abraza a tu familia.
Pide perdón si tienes que pedirlo.
Busca a Cristo mientras tienes tiempo.

Porque cuando todo alrededor se derrumba, solo Dios puede sostener el alma.

Hoy oramos por Venezuela.

Señor, ten misericordia de este pueblo.
Consuela a los que lloran.
Fortalece a los heridos.
Guía a los rescatistas.
Provee ayuda para los damnificados.
Y en medio del dolor, permite que muchos encuentren esperanza en ti.

Amén.

SomosCristianos.
Conectando corazones con Cristo.

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