Dios les bendiga, hermanos. Qué alegría poder reunirnos una vez más para abrir la Palabra de Dios y permitir que sea Él quien hable a nuestro corazón.
Quiero pedirles que, por un momento, dejen a un lado todo lo que traen en la mente. Las preocupaciones del trabajo, la escuela, la familia, los problemas… porque el tema que vamos a compartir hoy puede cambiar el rumbo de la vida de muchos jóvenes, y también puede ayudar a muchos padres que tienen hijos entrando en la etapa del noviazgo.
Quiero comenzar haciéndoles una pregunta.
¿Cuántos de ustedes conocen a alguien que comenzó un noviazgo muy enamorado y terminó completamente destrozado?
Tal vez era una pareja que todos admiraban. Publicaban fotografías juntos, decían que nunca se iban a separar, hablaban de casarse, hacían planes para el futuro… y de un momento a otro todo terminó. Lo que un día parecía un cuento de amor terminó convertido en lágrimas, resentimiento y un corazón roto.
Y cuando eso sucede, muchos llegan a una conclusión equivocada. Dicen: «El amor no existe.»
Otros dicen: «Todos los hombres son iguales.»
O: «Todas las mujeres son iguales.»
Pero el problema no es el amor.
El problema es que muchas personas nunca aprendieron a amar conforme al diseño de Dios.
Vivimos en un mundo donde cualquiera habla del amor. Las películas hablan del amor. Las canciones hablan del amor. Las redes sociales hablan del amor. Los influencers hablan del amor. Pero muy pocos preguntan qué dice Dios acerca del amor y de las relaciones.
Y eso es peligroso.
Porque cuando uno compra un aparato nuevo, lo primero que hace es buscar el manual del fabricante. ¿Por qué? Porque el fabricante sabe cómo funciona.
Pues Dios es el diseñador del matrimonio, de la familia y también de los principios que deben gobernar un noviazgo.
Si queremos que una relación funcione, no podemos guiarnos únicamente por nuestros sentimientos. Tenemos que regresar al manual del Creador.
Y quiero decir algo desde el principio para que quede muy claro.
La Biblia nunca habla específicamente del noviazgo como lo conocemos hoy. En los tiempos bíblicos existía un proceso diferente hacia el matrimonio. Sin embargo, sí encontramos principios que aplican perfectamente para cualquier relación entre un hombre y una mujer que buscan honrar a Dios.
Así que esta enseñanza no está basada en opiniones personales. Está basada en principios eternos de la Palabra de Dios.
Quiero que leamos un versículo muy sencillo, pero muy profundo.
En 1 Corintios 10:31, el apóstol Pablo dice:
«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.»
Escuchen bien esa última frase.
«Hacedlo todo para la gloria de Dios.»
No dice algunas cosas.
No dice solamente venir a la iglesia.
Dice: «Todo.»
Eso incluye la forma en que hablamos.
La manera en que tratamos a nuestra familia.
Cómo administramos nuestro dinero.
Cómo usamos nuestro tiempo.
Y también incluye la manera en que llevamos un noviazgo.
La pregunta entonces no es: «¿Está permitido tener novio o novia?»
La verdadera pregunta es:
«¿Mi relación está glorificando a Dios?»
Porque una relación puede hacerte muy feliz emocionalmente y, al mismo tiempo, estar alejándote espiritualmente del Señor.
Y eso nunca será la voluntad de Dios.
Ahora déjenme decirles algo que quizá no todos van a estar de acuerdo al escuchar.
Muchas personas comienzan un noviazgo por las razones equivocadas.
Algunos porque se sienten solos.
Otros porque todos sus amigos ya tienen pareja.
Algunos porque tienen miedo de quedarse solteros.
Otros simplemente porque alguien les prestó atención.
Y hay quienes comienzan una relación solamente porque la otra persona es muy atractiva físicamente.
Pero ninguna de esas razones garantiza un matrimonio feliz.
La soledad no se resuelve con un novio.
La baja autoestima no se resuelve con una novia.
Las heridas del pasado no se curan porque alguien te diga que te ama.
Hay personas que buscan una pareja para llenar vacíos que solamente Dios puede llenar.
Y allí comienzan muchos problemas.
Porque cuando ponemos sobre otra persona la responsabilidad de hacernos completamente felices, terminamos convirtiéndola en un ídolo.
Esperamos demasiado de ella.
Queremos que siempre nos entienda.
Que siempre nos haga sentir bien.
Que nunca nos falle.
Pero ningún ser humano puede cumplir ese papel.
Solamente Cristo puede satisfacer completamente el corazón.
Por eso, antes de buscar a la persona correcta, necesitamos tener una relación correcta con Dios.
Escuchen bien esta frase porque es muy importante.
Un noviazgo sano no comienza cuando encuentras a la persona indicada.
Comienza cuando tú te conviertes en la persona que Dios quiere que seas.
Porque muchas veces estamos preocupados preguntando:
«Señor, ¿dónde estará mi futuro esposo?»
«¿Dónde estará mi futura esposa?»
Pero pocas veces preguntamos:
«Señor, ¿me estoy preparando para ser un buen esposo?»
«¿Me estoy preparando para ser una buena esposa?»
Y eso hace toda la diferencia.
Ahora quiero hablar especialmente con los jóvenes.
Jóvenes, el mundo les dice que aprovechen la vida, que experimenten con diferentes relaciones, que si una no funciona, simplemente busquen otra.
Pero Dios nunca ha visto las relaciones como un juego.
Cada relación deja recuerdos.
Cada relación deja enseñanzas.
Y muchas veces también deja heridas.
Hay personas que llegan al matrimonio cargando el dolor de cinco, diez o quince relaciones mal vividas.
Llegan desconfiando.
Llegan comparando.
Llegan con miedo de volver a sufrir.
Y aunque Dios puede sanar cualquier corazón, también es cierto que muchas de esas heridas pudieron evitarse si hubieran seguido los principios de la Palabra desde el principio.
Por eso quiero decirles algo con mucho amor.
No tengan prisa.
Vivimos en una generación desesperada.
Todo tiene que ser rápido.
La comida rápida.
Las compras rápidas.
Los mensajes instantáneos.
Y algunos también quieren relaciones rápidas.
Conocen a alguien hoy…
Una semana después ya dicen que es el amor de su vida.
Un mes después hablan de matrimonio.
Y pocos meses después ya no quieren ni mencionar su nombre.
La Biblia nos enseña un principio muy diferente.
Todo lo valioso necesita tiempo.
Un árbol fuerte tarda años en crecer.
Una amistad verdadera tarda tiempo en construirse.
La confianza tarda tiempo en ganarse.
Y un buen noviazgo también necesita tiempo para conocer realmente a la otra persona.
Porque una cosa es conocer la versión que alguien presenta durante los primeros meses.
Y otra muy distinta es conocer su verdadero carácter.
Con el tiempo uno descubre cómo esa persona reacciona cuando está bajo presión.
Cómo responde cuando se enoja.
Cómo trata a quienes no pueden ofrecerle nada.
Cómo habla de sus padres.
Cómo administra el dinero.
Cómo enfrenta los problemas.
Y esas cosas son mucho más importantes que la apariencia física.
Porque la belleza cambia.
Los años pasan.
El cuerpo cambia.
Pero el carácter permanece.
Déjenme hacerles una pregunta.
Si hoy desapareciera toda la belleza física de la persona que te gusta… ¿seguirías admirando su corazón?
Esa es una pregunta difícil.
Porque el amor bíblico va mucho más allá de una emoción o una atracción.
El amor bíblico aprende a valorar aquello que Dios valora.
Y Dios siempre ha mirado primero el corazón.
Por eso, antes de enamorarte de un rostro bonito, aprende a observar el carácter.
Porque un buen carácter sostiene un matrimonio durante toda la vida.
La belleza, por sí sola, nunca podrá hacerlo.
Y con esto quiero dejarles una primera enseñanza que deben guardar en su corazón.
El propósito del noviazgo no es buscar emociones.
No es presumir en redes sociales.
No es sentir que ya no estás solo.
El propósito del noviazgo es descubrir, con la dirección de Dios, si esa persona tiene el carácter para caminar contigo toda la vida y formar un matrimonio que glorifique al Señor.
Y la próxima vez que continuemos esta enseñanza, hablaremos de algo que muchos pasan por alto y que, sin embargo, es el fundamento de toda relación que realmente honra a Dios: ¿cómo saber si Cristo ocupa el primer lugar en un noviazgo?
Ahora quiero que pensemos en algo que, para mí, es el fundamento de cualquier relación que quiera agradar a Dios.
Porque podemos hablar de comunicación, de respeto, de confianza, de fidelidad y de muchas otras cosas importantes. Pero si descuidamos este punto, todo lo demás tarde o temprano comenzará a derrumbarse.
La pregunta es esta:
¿Quién ocupa el primer lugar en ese noviazgo?
Y algunos podrían responder rápidamente: «Pues mi novio» o «mi novia».
Pero esa ya es una respuesta equivocada.
El primer lugar siempre debe pertenecerle a Cristo.
Escuchen bien esto.
Cuando dos personas ponen a Dios en segundo lugar, tarde o temprano también terminarán poniéndose el uno al otro en segundo lugar.
Porque si Cristo deja de ser el centro, algo más ocupará ese lugar. Puede ser el orgullo, los celos, el dinero, la apariencia, los amigos o incluso los deseos personales.
Por eso hay una frase que seguramente muchos han escuchado: «Mientras más cerca estén ambos de Dios, más cerca estarán entre ustedes.»
Y esa frase tiene mucho de verdad.
Imaginen un triángulo. En la parte más alta está Dios. En los dos extremos de abajo está el hombre y la mujer. Mientras ambos suben buscando al Señor, inevitablemente también se acercan entre ellos.
Pero cuando dejan de buscar a Dios, comienzan a alejarse de Él… y también entre ellos.
Ahora déjenme hacer otra pregunta.
¿Qué sucede cuando uno ama más a Dios que a su pareja?
Algunos piensan que eso significa querer menos a la otra persona.
No.
Sucede exactamente lo contrario.
Porque cuando una persona ama verdaderamente al Señor, aprende a amar correctamente a los demás.
Aprende a ser paciente.
Aprende a perdonar.
Aprende a controlar su carácter.
Aprende a servir.
Aprende a reconocer cuando se equivoca.
En otras palabras, Cristo transforma nuestro corazón para que podamos amar como Él ama.
Por eso no busques solamente a alguien que diga: «Soy cristiano.»
Eso cualquiera puede decirlo.
Observa su vida.
¿Tiene hambre de conocer más a Dios?
¿Ora cuando nadie lo está viendo?
¿Lee la Biblia por convicción o solamente cuando va a la iglesia?
¿Cómo habla cuando está con sus amigos?
¿Cómo trata a sus padres?
¿Cómo reacciona cuando algo no sale como quiere?
Porque el verdadero cristianismo no se demuestra únicamente levantando las manos durante la alabanza.
Se demuestra de lunes a sábado, cuando nadie está mirando.
Y jóvenes, permítanme decirles algo con mucho cariño.
No se enamoren solamente de alguien que canta bonito.
No se enamoren solamente de alguien que toca un instrumento en la iglesia.
No se enamoren solamente de alguien que predica bien.
Porque una persona puede aparentar mucha espiritualidad delante de los demás y tener un corazón muy lejos de Dios.
Jesús habló de personas que lo honraban con sus labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él.
Así que aprendan a observar el fruto.
Porque el fruto nunca miente.
Ahora quiero tocar un tema que sé que puede incomodar a algunos, pero precisamente porque los amo tengo la responsabilidad de hablarlo.
Hablemos de la pureza.
Vivimos en una generación que se burla de la pureza.
Si un joven dice que quiere llegar virgen al matrimonio, muchos se ríen de él.
Si una joven decide guardar su cuerpo para su futuro esposo, algunos la llaman anticuada.
El mundo ha cambiado tanto que ahora considera extraño lo que Dios llama santo.
Pero la verdad no cambia porque cambie la cultura.
Dios sigue siendo el mismo.
Su Palabra sigue siendo la misma.
Y su diseño para la sexualidad también sigue siendo el mismo.
La intimidad física fue creada por Dios.
No fue creada por el diablo.
No es algo sucio.
No es un pecado dentro del matrimonio.
Al contrario, es un regalo maravilloso.
El problema aparece cuando queremos disfrutar un regalo fuera del tiempo y del lugar que Dios estableció.
Imaginen por un momento que alguien compra un automóvil nuevo.
Ese automóvil necesita combustible.
Pero en lugar de poner gasolina, decide llenarlo de agua porque piensa que también es un líquido.
¿Qué va a pasar?
Va a terminar dañando el motor.
No porque el agua sea mala.
Sino porque fue utilizada fuera de su propósito.
Así ocurre cuando ignoramos el diseño de Dios.
No es que Dios quiera quitarnos la felicidad.
Es que quiere protegernos de las consecuencias.
Muchas personas dicen: «Si nos amamos de verdad, ¿qué tiene de malo?»
Pero yo les haría otra pregunta.
Si realmente se aman, ¿por qué no esperar el tiempo de Dios?
El verdadero amor sabe esperar.
La pasión exige.
El amor protege.
La pasión dice: «Demuéstrame que me amas.»
El amor dice: «Prefiero esperar antes que llevarte a desobedecer al Señor.»
Y aquí quiero hacer una pausa.
Jóvenes, nunca permitan que alguien use la frase «si me amas» para presionarlos a hacer algo que ofenda a Dios.
Eso no es amor.
Eso es manipulación.
El amor nunca obliga.
El amor nunca presiona.
El amor nunca utiliza la culpa para conseguir lo que quiere.
Si una persona no respeta tus convicciones espirituales durante el noviazgo, ¿qué te hace pensar que las respetará después del matrimonio?
Ahora pensemos en otra realidad.
Muchas parejas comienzan poniendo límites muy claros.
Dicen: «Nos vamos a cuidar.»
Pero poco a poco empiezan a confiar demasiado en ellos mismos.
«Solo nos vamos a abrazar.»
Después dicen: «Solo un beso más.»
Luego: «No pasa nada.»
Y cuando menos lo esperan, ya cruzaron límites que nunca imaginaron cruzar.
Por eso la Biblia nunca nos dice que juguemos con la tentación.
La Biblia nos enseña algo mucho más sabio.
Nos dice que huyamos.
Eso hizo José cuando la esposa de Potifar intentó seducirlo.
Él no se quedó negociando.
No dijo: «Voy a ver hasta dónde aguanto.»
Salió corriendo.
Perdió su manto, pero conservó su integridad.
Y a veces nosotros queremos hacer exactamente lo contrario.
Queremos estar lo más cerca posible del pecado sin caer.
Queremos jugar en la orilla del precipicio.
Pero la sabiduría no consiste en acercarse al peligro.
Consiste en mantenerse lejos de él.
Déjenme decirles algo que quizá nunca habían pensado.
El pecado casi nunca comienza en la cama.
Comienza mucho antes.
Comienza en una conversación inapropiada.
En un mensaje oculto.
En una mirada que no se detiene a tiempo.
En creer que «por esta única vez no pasa nada.»
Y precisamente así es como el enemigo trabaja.
No destruye una vida de un solo golpe.
Lo hace poco a poco.
Paso tras paso.
Decisión tras decisión.
Hasta que un día la persona despierta preguntándose cómo llegó tan lejos.
Por eso debemos cuidar nuestro corazón mucho antes de que aparezca la tentación.
Porque es mucho más fácil mantenerse firme que intentar levantarse después de una caída.
Y quiero terminar esta parte recordándoles algo muy importante.
Dios no nos llama a vivir en santidad para quitarnos la alegría.
Nos llama a vivir en santidad porque nos ama.
Él conoce el dolor que deja el pecado.
Conoce las lágrimas.
Conoce la culpa.
Conoce las heridas que muchas personas cargan durante años por decisiones tomadas en unos cuantos minutos.
Por eso cada mandamiento de Dios tiene detrás un corazón de Padre.
Él no está buscando controlar tu vida.
Está buscando protegerla.
Y cuando entendemos eso, dejamos de ver la obediencia como una carga y comenzamos a verla como una muestra del inmenso amor que Dios tiene por nosotros.
Quiero que ahora pensemos en algo que muchas veces pasa desapercibido cuando una pareja comienza una relación.
Al principio todo parece perfecto.
Todo provoca una sonrisa.
Todo parece bonito.
Los defectos casi no se notan.
Es más, hay quienes hasta dicen: «No le encuentro ningún defecto.»
Y cuando escucho eso, siempre pienso lo mismo.
Todavía no lo conoces lo suficiente.
Porque todos, absolutamente todos, tenemos defectos.
Todos tenemos áreas donde Dios sigue trabajando.
La pregunta no es si esa persona tiene defectos.
La pregunta es: ¿qué clase de defectos tiene?
Porque hay diferencias muy grandes.
Una persona puede ser olvidadiza.
Puede ser desordenada.
Puede ser impuntual.
Y aunque esas cosas deben corregirse, no necesariamente destruyen un matrimonio.
Pero hay otras actitudes que sí representan una señal de alerta.
Y es aquí donde muchos jóvenes dejan de escuchar la voz de Dios para escuchar únicamente sus emociones.
Permítanme decir algo que quizás algunos necesiten escuchar hoy.
El amor no debe volvernos ciegos.
Al contrario.
El amor debe caminar de la mano con la sabiduría.
Porque Dios no solamente nos dio un corazón para amar.
También nos dio una mente para discernir.
¿Cuántas veces hemos escuchado historias como esta?
Una joven dice:
«Él tiene un carácter muy fuerte… pero cuando nos casemos va a cambiar.»
O un joven dice:
«Ella es muy celosa, pero es porque me ama mucho.»
Y pasan los meses…
Pasan los años…
Y aquello que parecía pequeño termina convirtiéndose en un problema enorme.
Hay un dicho muy conocido que dice que durante el noviazgo ambos se esfuerzan por mostrar su mejor versión.
Si eso es cierto, imaginen cómo será cuando ya no estén tratando de impresionar al otro.
Por eso el noviazgo no es el tiempo para cerrar los ojos.
Es el tiempo para abrirlos más que nunca.
Observa cómo trata a las personas que le sirven en un restaurante.
Observa cómo habla de quienes no están presentes.
Observa cómo responde cuando alguien le corrige.
Observa qué hace cuando está enojado.
Porque esas cosas hablan mucho más fuerte que las palabras bonitas.
Recuerden algo.
Las palabras enamoran.
Pero el carácter sostiene un matrimonio.
Ahora quiero hablarles de una señal de alerta que nunca debe ignorarse.
La falta de respeto.
Si una persona te humilla durante el noviazgo…
Si se burla constantemente de ti…
Si controla con quién hablas…
Si revisa tu teléfono porque no confía en ti…
Si te hace sentir culpable por todo…
Si levanta la voz para imponerse…
No digas: «Después cambiará.»
Porque nadie cambia simplemente por casarse.
El matrimonio no transforma el carácter.
Solamente revela con mayor claridad lo que ya existe en el corazón.
El único que puede transformar verdaderamente a una persona es Cristo.
Y aun así, esa transformación requiere arrepentimiento, obediencia y tiempo.
Por eso nunca pienses que tú vas a cambiar a alguien.
Ese no es tu trabajo.
Ese es el trabajo del Espíritu Santo.
Hay jóvenes que entran a una relación pensando:
«Yo lo voy a hacer mejor persona.»
Yo la voy a acercar a Dios.»
Y después de algunos años sucede exactamente lo contrario.
Terminan ellos alejándose del Señor.
Por eso debemos tener mucho cuidado.
No podemos construir un futuro sobre la esperanza de que algún día la otra persona cambie.
Debemos mirar quién es hoy.
Porque esa es la persona con la que realmente estamos tomando una decisión.
Ahora quiero hablarles de algo que puede parecer sencillo, pero revela muchísimo sobre el corazón de una persona.
La humildad.
¿Saben cuál es una de las frases más difíciles de decir?
«Perdóname, me equivoqué.»
Hay personas incapaces de reconocer un error.
Siempre encuentran un culpable.
Siempre tienen una excusa.
Siempre justifican sus acciones.
Y vivir con alguien así puede convertirse en una carga muy pesada.
En cambio, cuando una persona ama a Dios, aprende a ser enseñable.
Aprende a escuchar.
Aprende a corregirse.
Aprende a pedir perdón.
Y eso fortalece cualquier relación.
Déjenme contarles algo que he visto muchas veces.
Hay parejas que discuten.
Eso es normal.
Hasta los mejores matrimonios tienen diferencias.
El problema nunca ha sido discutir.
El problema es la manera en que se discute.
Hay quienes durante una discusión comienzan a insultar.
Ofenden.
Humillan.
Recuerdan errores del pasado.
Amenazan con terminar la relación.
Y después dicen:
«Es que estaba enojado.»
Pero escuchen bien esto.
El enojo no crea el carácter.
El enojo revela el carácter.
Cuando alguien está bajo presión es cuando realmente conocemos qué hay dentro de su corazón.
Por eso es tan importante observar cómo maneja los conflictos.
Porque en el matrimonio habrá momentos difíciles.
Habrá preocupaciones económicas.
Habrá enfermedades.
Habrá desacuerdos.
Habrá decisiones complicadas.
Y si una persona no sabe controlar sus emociones durante el noviazgo, difícilmente lo hará después del matrimonio.
Ahora quiero hablarles de otro error muy común.
Pensar que el amor lo puede todo.
Eso suena muy bonito en las películas.
Pero la Biblia nunca enseña eso de esa manera.
El amor necesita caminar acompañado de la verdad, de la obediencia y de la sabiduría.
Porque una relación donde no hay respeto, donde no hay confianza y donde no hay temor de Dios puede estar llena de emociones… pero no tiene un fundamento firme.
Jesús habló de dos hombres que construyeron una casa.
Uno edificó sobre la roca.
El otro sobre la arena.
Desde afuera ambas casas podían verse bonitas.
Pero cuando llegó la tormenta apareció la diferencia.
Así también sucede con las relaciones.
No conocemos realmente la fortaleza de un noviazgo cuando todo marcha bien.
La conocemos cuando llegan las pruebas.
Cuando aparecen los desacuerdos.
Cuando hay problemas económicos.
Cuando alguno enfrenta una enfermedad.
Cuando llegan las dificultades.
Es allí donde se descubre sobre qué fundamento fue construida esa relación.
Y quiero dejarles una pregunta para meditar.
Si mañana desaparecieran los regalos…
Las salidas…
Los mensajes románticos…
Las fotografías…
Los viajes…
Y solamente quedara el carácter de esa persona…
¿Seguirías pensando que es alguien con quien podrías compartir toda tu vida?
Porque eso es precisamente lo que termina sosteniendo un matrimonio.
No son los detalles.
No son las emociones.
Es el carácter formado por Cristo.
Y antes de terminar quiero dirigirme también a los padres que quizás están escuchando este mensaje.
No vean el noviazgo de sus hijos como un tema sin importancia.
Escúchenlos.
Oriéntenlos.
Oren por ellos.
No intenten controlarlos, pero tampoco los dejen caminar solos.
Muchas veces la experiencia de los padres puede evitar años de sufrimiento.
Y jóvenes, tampoco desprecien los consejos de quienes los aman.
A veces Dios utiliza a nuestros padres, a un pastor o a un líder espiritual para mostrarnos cosas que nosotros no alcanzamos a ver porque nuestros sentimientos nos tienen distraídos.
La Biblia dice que en la multitud de consejeros hay sabiduría.
Escuchar un consejo no significa que eres débil.
Significa que eres prudente.
Y la prudencia puede ahorrarte muchas lágrimas en el futuro.
Quiero cerrar esta enseñanza con una verdad que deseo que nunca olviden.
No busquen simplemente una persona que los haga felices.
Busquen una persona con la que puedan caminar hacia el cielo.
Porque la meta más importante de un matrimonio cristiano no es vivir muchos años juntos.
La meta más importante es que ambos lleguen un día a la presencia del Señor, habiendo honrado a Dios con su vida, con su familia y con el amor que decidieron construir conforme a Su voluntad.
Quiero terminar haciéndoles una última pregunta.
Después de escuchar este mensaje, ¿en qué lugar te encuentras tú?
Tal vez eres un joven o una joven que aún no tiene novio o novia. Si ese es tu caso, no tengas prisa. Espera el tiempo de Dios. No permitas que la presión de tus amigos o de la sociedad te haga tomar decisiones apresuradas. Es mejor esperar un poco más y caminar en la voluntad del Señor que correr y terminar sufriendo por una mala decisión.
Quizá algunos están orando desde hace tiempo y dicen: «Señor, ¿cuándo llegará esa persona?» Déjame decirte algo con mucho cariño. Mientras Dios prepara a la persona correcta para ti, también está preparando tu corazón. Él está formando tu carácter, enseñándote paciencia, madurez y dependencia de Él. No veas la espera como un castigo. Muchas veces la espera es una muestra del amor de Dios.
Pero también sé que hay quienes están escuchando este mensaje y ya tienen un noviazgo.
La pregunta no es si se quieren mucho.
La pregunta es si su relación está honrando a Dios.
Si hoy el Espíritu Santo ha traído convicción a tu corazón y te ha mostrado áreas que necesitan cambiar, no endurezcas tu corazón. Dios no te muestra tus errores para condenarte. Te los muestra porque quiere bendecirte y protegerte.
Quizá necesitan comenzar a orar juntos.
Quizá necesitan poner límites que nunca habían puesto.
Quizá necesitan pedir perdón.
Quizá necesitan tomar decisiones difíciles.
Y en algunos casos, quizá Dios está mostrando que esa relación no tiene el fundamento correcto.
Sé que eso puede doler. Pero también sé que es mucho menos doloroso obedecer hoy que lamentar durante muchos años una decisión tomada fuera de la voluntad de Dios.
Recuerden siempre esto: una boda dura unas cuantas horas, pero un matrimonio puede durar toda la vida. Vale la pena esperar. Vale la pena obedecer. Vale la pena hacer las cosas conforme al diseño de Dios.
Y quiero decir unas palabras a los padres.
No dejen de orar por sus hijos. Hoy más que nunca necesitan dirección espiritual. El mundo está confundiendo a esta generación acerca del amor, el matrimonio y la familia. Sean un ejemplo en casa. Que sus hijos puedan ver en ustedes un matrimonio que honra al Señor, porque el mejor consejo siempre será el ejemplo.
Inclinemos nuestro rostro y oremos.
Padre celestial, gracias por tu Palabra, porque siempre llega a nuestro corazón con amor y con verdad. Gracias porque Tú diseñaste el matrimonio y sabes lo que es mejor para nosotros.
Hoy ponemos delante de Ti a cada joven que escuchó este mensaje. Guárdalos de tomar decisiones apresuradas. Dales discernimiento para reconocer a la persona correcta y, sobre todo, ayúdalos a convertirse en la persona que Tú quieres que sean.
Fortalece a quienes están esperando. Bendice a quienes tienen un noviazgo para que su relación te honre en todo. Dales dominio propio, sabiduría, paciencia y un profundo amor por tu presencia.
También oramos por los padres. Dales gracia para aconsejar a sus hijos con amor y con el ejemplo de una vida que glorifique tu nombre.
Y si alguno de los que escuchó esta predicación necesita tomar una decisión, dale el valor para obedecerte, aunque no sea fácil. Porque sabemos que tu voluntad siempre será mejor que nuestros propios caminos.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Si este mensaje fue de bendición para su vida, compártanlo con otros jóvenes y con otras familias. Nunca sabemos cuándo una palabra de Dios puede cambiar el rumbo de una vida.
Nos vemos, si Dios lo permite, en la próxima predicación.
Que Dios les bendiga. Gracias por acompañarnos. Si esta predicación habló a su corazón, compártala con alguien que la necesite.
Y recuerde siempre: Somos Cristianos. Conectando corazones con Cristo.




