A simple vista parece la historia de un hombre que perdió un hacha. Pero cuando entiendes lo que realmente ocurrió, descubres una lección sobre trabajo, integridad y fe que sigue siendo necesaria hoy.
Había algo que preocupaba a un grupo de jóvenes que estudiaban con el profeta Eliseo.
El lugar donde vivían ya no era suficiente.
Cada vez eran más. Cada vez llegaban más personas para aprender de Dios. Y un día se acercaron a Eliseo para decirle:
—El lugar donde vivimos ya nos queda pequeño. Queremos ir al río Jordán y construir un lugar más grande.
Me gusta esta parte de la historia porque ellos no se quedaron cruzados de brazos esperando que todo ocurriera por sí solo.
Vieron una necesidad y decidieron actuar.
Querían crecer.
Querían avanzar.
Querían construir.
Y estaban dispuestos a trabajar para lograrlo.
Sin embargo, había un detalle que muchas veces pasamos por alto.
Uno de aquellos hombres ni siquiera tenía su propia hacha.
Tuvo que pedir una prestada.
Eso nos muestra que probablemente no eran personas de muchos recursos. Pero la falta de dinero no los detuvo. No dijeron: «Cuando tengamos más recursos comenzaremos». Tampoco dijeron: «No podemos porque no tenemos todo lo necesario».
Tomaron lo que tenían, pidieron ayuda cuando la necesitaron y comenzaron a trabajar.
Cuántos sueños se quedan enterrados porque esperamos tener las condiciones perfectas.
Cuántas personas dejan de servir a Dios, de comenzar un proyecto o de perseguir un propósito porque sienten que les falta algo.
Estos hombres nos enseñan que muchas veces el crecimiento comienza con lo poco que tenemos en nuestras manos.
La historia continúa diciendo que mientras trabajaban cortando árboles junto al río Jordán, ocurrió un accidente.
Uno de ellos levantó el hacha, golpeó el árbol y de repente la cabeza de hierro salió disparada y cayó al agua.
Desapareció en el río.
Y entonces el hombre gritó:
—¡Ay, señor mío! ¡Era prestada!
Siempre me ha llamado la atención esa reacción.
No gritó porque había perdido una herramienta.
Gritó porque había perdido algo que pertenecía a otra persona.
Le preocupaba cumplir su palabra.
Le preocupaba devolver lo que le habían confiado.
Le preocupaba quedar mal.
Eso habla de su integridad.
Hoy vivimos en una época donde muchas personas consideran normal no devolver lo prestado, incumplir promesas o tratar con descuido aquello que pertenece a otros.
Pero este hombre era diferente.
Su corazón era honesto.
Sabía que tenía la responsabilidad de devolver aquello que le habían confiado.
Y cuando tuvo un problema, no intentó ocultarlo.
No fingió que nada había pasado.
No buscó excusas.
Corrió a buscar a Eliseo.
Y eso también nos enseña algo muy importante.
Eliseo era un profeta de Dios. Aquel hombre sabía que por sí mismo no podía recuperar el hierro que estaba en el fondo del río, pero también sabía que servía a un Dios para quien nada es imposible.
Por eso fue a Eliseo.
No porque Eliseo fuera un mago.
No porque tuviera poderes especiales.
Fue porque tenía fe en que Dios podía ayudarlo.
Sabía que el problema había salido de sus manos, pero no de las manos de Dios.
Cuántas veces nosotros hacemos lo contrario.
Intentamos resolverlo todo solos.
Nos preocupamos.
Nos desesperamos.
Nos llenamos de ansiedad.
Y solo después buscamos a Dios.
Aquel hombre hizo lo correcto. En medio de su problema corrió hacia quien podía acercarlo a Dios.
Entonces Eliseo le preguntó:
—¿Dónde cayó?
Después cortó un palo, lo lanzó al agua y ocurrió algo imposible.
El hierro comenzó a flotar.
Lo que parecía perdido volvió a aparecer.
Y entonces Eliseo le dijo:
—Tómalo.
Y el hombre recuperó aquello que había perdido.
A veces pensamos que este milagro trata sobre un hacha.
Pero en realidad habla de personas que querían crecer, que trabajaban con esfuerzo, que actuaban con integridad y que tenían fe para buscar a Dios cuando surgían problemas.
Y esas son exactamente las cualidades que Dios sigue buscando hoy.
Personas que no se conformen.
Personas que trabajen.
Personas que sean honestas.
Y personas que sepan acudir a Dios cuando sus fuerzas ya no son suficientes.
Quizá hoy Dios quiere recordarte algo sencillo.
No permitas que la falta de recursos te detenga.
No pierdas la integridad cuando las cosas salgan mal.
Y nunca olvides que aquello que parece imposible para ti sigue siendo posible para Dios.
Porque al final, aquel hombre no tenía dinero para reemplazar el hacha. No tenía manera de sacarla del fondo del río. Lo único que tenía era trabajo, honestidad y fe. Y eso fue suficiente para que Dios hiciera el resto.
Tal vez esa sea la enseñanza más hermosa de esta historia. Todo lo que nos prestan debemos devolverlo igual o mejor. Nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, la confianza de las personas y las oportunidades que Dios pone en nuestras manos. Y cuando algo salga mal, no lo escondamos ni busquemos excusas. Seamos honestos para reconocerlo y tengamos la fe de llevarlo delante de Dios, porque lo que se hunde para nosotros nunca está demasiado profundo para Él.
Te invito a que me acompañes en esta oración:
Señor, dame un corazón trabajador, honesto y lleno de fe. Ayúdame a cuidar bien lo que me has confiado y a acudir a Ti cuando enfrente problemas que no puedo resolver. En el nombre de Jesús. Amén.
SomosCristianos
Conectando corazones con Cristo.




