Una copa se oxida; esta corona, jamás.

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Somos Cristianos – Reflexiones diarias de fe y vida
Una copa se oxida; esta corona, jamás.
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Levantan la copa más deseada del planeta. La besan, lloran, la alzan al cielo. Y al final… tienen que devolverla.

Hay algo que casi nadie sabe. El equipo que gana el Mundial no se queda con el trofeo original. Se lleva una réplica. La copa verdadera vuelve a una vitrina, bajo llave, lejos de sus manos. El momento más grande de sus vidas dura unos minutos… y luego se va.

Y aun así, millones darían lo que fuera por levantarla una sola vez. Entrenan años. Lo dejan todo. Algunos lo logran. La mayoría no. Y los que la levantan, tarde o temprano la sueltan.

No lo digo para quitarle la emoción al fútbol. El fútbol es hermoso, une familias, llena las calles de alegría. Pero seamos sinceros: todo lo que este mundo ofrece como «premio» tiene fecha de caducidad. El oro se guarda. Los nombres se olvidan. Las copas pasan de mano en mano. Lo que hoy es noticia, mañana es un recuerdo.

Por eso la Biblia nos cambia la mirada. Pablo, que conocía bien las competencias de su tiempo, escribió: «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible» (1 Corintios 9:25).

Corruptible. Una corona que se marchita, que se oxida, que se acaba. Frente a esa, Dios ofrece otra que no se gasta jamás. No te la prestan por un rato. No la devuelves. Es tuya para siempre.

Y aquí viene lo más bonito: en el Mundial casi todos pierden. Una sola selección levanta la copa. Pero en la carrera de Dios no es así. Aquí no compites contra tu hermano. Aquí el premio alcanza para todos los que terminan. «He acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). No dice «gané a los demás». Dice que terminó. Que no se rindió.

Tal vez sientes que en la vida vas perdiendo. Que otros levantan copas y tú sigues corriendo cansado. Escucha esto: Dios no mide tu vida por los trofeos que juntaste, sino por la fe con la que seguiste de pie.

Te dejo esta reflexión final para que la medites: el mundo aplaude al que llega primero, pero el cielo celebra al que no deja de correr. La copa que de verdad vale no se levanta con las manos; se gana con el corazón que nunca soltó a Dios.

Si esto tocó tu corazón, oremos juntos: Señor, gracias porque mi valor no depende de lo que gane en esta tierra. Cuando me sienta cansado, recuérdame que tú me ves, que vale la pena seguir, y que me espera un premio que nadie me podrá quitar. Ayúdame a correr hasta el final sin soltar tu mano. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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