Pastor que trabaja en ICE: cuando el cristianismo deja de reflejar el corazón de Cristo.

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En un artículo reciente, Franklin Graham levantó la voz con fuerza. Habló de una nación en crisis, de confusión moral, de violencia en las calles, de ideologías que —según él— están empujando al país al caos. Llamó a la oración, al arrepentimiento y a buscar a Dios antes de que sea tarde.

Muchas de sus palabras son familiares para el oído cristiano. Incluso necesarias.
Pero al leer el artículo completo, hay algo que pesa… lo que no está.

En medio de todo el análisis político, social y espiritual, la muerte de un ser humano —como la de Rene Good— queda prácticamente fuera del centro del mensaje. No como un punto principal. No como un lamento profundo. No como un llamado claro a reconocer el valor sagrado de una vida perdida.

Y aquí hay algo que no podemos pasar por alto. No importa quién era Rene Good, cómo vivía, ni qué decisiones había tomado en su vida personal. Al final, una vida humana se perdió. He escuchado a pastores y voces cristianas poner el peso del discurso en su supuesto desorden, como si eso explicara o suavizara lo ocurrido. Pero el Evangelio no funciona así. La Biblia no mide el valor de una vida por su historial moral, ni justifica una muerte señalando primero los errores de la víctima. Cuando el enfoque se mueve del posible abuso de poder hacia el carácter de la persona que murió, el mensaje deja de ser pastoral y se vuelve defensivo. Y eso debería inquietarnos como cristianos.

Aquí no se trata de negar que la Biblia nos llama a orar por las autoridades; eso es claro y es correcto. El problema es otro. En el artículo, la muerte de Rene Good y el posible abuso de poder del oficial no reciben el mismo peso ni la misma sensibilidad que otros temas. El mensaje se centra en el desorden posterior, en la crisis nacional y en advertencias generales, pero no se detiene con la misma fuerza en la tragedia humana que dio origen a todo. Ese silencio, más que una postura doctrinal, deja una sensación de distancia frente al dolor concreto.

Y hay algo más que llama la atención: en el artículo nunca se hace un llamado a orar por los familiares de la víctima. Hasta donde se sabe, Rene Good tenía un hijo y padres que hoy cargan con una pérdida irreparable. Tampoco hay una palabra de oración o compasión por los inmigrantes que han perdido la vida en redadas o enfrentamientos similares. Si bien los oficiales y el gobierno pueden estar haciendo su trabajo dentro del marco legal y con autoridad, eso no elimina el dolor humano. No se trata del estatus legal de una persona, se trata de lo que ocurre cuando el abuso de poder llega a lastimar y, en ocasiones, a quitar la vida. Ignorar ese sufrimiento también empobrece el testimonio cristiano.

Y este tipo de posturas —no solo de este pastor, sino de otros líderes con gran influencia— terminan afectando a las congregaciones. Poco a poco, el cristianismo deja de percibirse como lo que Jesús enseñó: amar a Dios y amar al prójimo, los dos grandes mandamientos. En su lugar, muchos ven a los cristianos como personas duras, sin corazón, incluso crueles. Y entonces, cuando intentamos hablarles de Cristo, no escuchan con apertura; se ponen a la defensiva y dicen: “No quiero a tu Dios, no quiero ser como ustedes.” No porque rechacen a Jesús, sino porque rechazan la imagen que han visto reflejada en nosotros.

Y esto no es una teoría lejana. Duele leer comentarios en nuestras propias publicaciones donde nos dicen que los cristianos no tenemos amor, ni misericordia, ni corazón, y que no quieren saber nada de nosotros. Duele mucho. No porque nos ofendan, sino porque revela que algo del mensaje de Cristo no está llegando como debería. Cuando la gente reacciona así, no es porque odie a Jesús, sino porque ha visto un cristianismo que no se parece a Él.

Además, este conflicto hoy tiene rostros concretos. En Minnesota, según reportes y documentos públicos, un pastor llamado David Easterwood aparece vinculado a un rol directivo interino dentro de ICE en la región de St. Paul, mientras al mismo tiempo es identificado como líder religioso. Esto, por sí solo, no es ilegal ni necesariamente incorrecto; una persona tiene derecho a trabajar donde la ley lo permita. Lo que está en discusión no es ese derecho, sino la percepción de doble moral cuando alguien ejerce autoridad espiritual y, a la vez, participa en una estructura señalada por abusos de poder, en un contexto donde civiles han perdido la vida. Esa tensión —entre púlpito y poder— ha generado protestas, investigaciones y, sobre todo, preguntas legítimas sobre el testimonio cristiano cuando el dolor humano queda en segundo plano.

Porque cuando la Biblia habla de crisis, siempre empieza por las personas.
Cuando Dios confronta a una nación, primero escucha el clamor del inocente.
Cuando Jesús ve el caos, no comienza con discursos, comienza con compasión.

El artículo de Franklin Graham es fuerte en advertencia, pero débil en duelo.
Claro en señalar desorden, pero silencioso frente al dolor concreto.
Valiente para denunciar pecados generales, pero cauteloso para confrontar una muerte específica.

No se trata de exigir juicios legales desde el púlpito.
No se trata de condenar sin conocer todos los hechos.
Se trata de algo más básico y profundamente cristiano:

Reconocer que una vida humana perdida merece algo más que silencio.

Cuando un líder cristiano enfoca el mensaje en todo lo que vino después —protestas, caos, advertencias nacionales— pero no se detiene primero en la pérdida de una vida, el Evangelio corre el riesgo de sonar incompleto. Y un Evangelio incompleto confunde.

La Escritura nos llama a orar por las autoridades, sí.
Pero también nos llama a llorar con los que lloran, incluso cuando ese dolor incomoda o no encaja con el mensaje que queremos dar.

Tal vez el artículo habría sido más poderoso si antes de advertir sobre el futuro del país, hubiera dicho claramente:
“Una vida creada por Dios se perdió, y eso nos debe doler a todos.”

Porque el Reino de Dios no se edifica solo con verdades dichas en voz alta, sino también con compasión expresada sin reservas.

Te dejo esta reflexión para el corazón:
Si denunciamos el pecado de una nación, pero no somos capaces de lamentar una muerte humana con la misma fuerza, necesitamos volver a mirar a Cristo.

Te invito a que me acompañes en esta oración:

Señor, enséñanos a no endurecer el corazón.
Que nunca defendamos ideas olvidando personas.
Danos un espíritu que ame la verdad, pero también abrace el dolor.
Y ayúdanos a reflejar a Cristo en cada palabra… y en cada silencio.
Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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