Un llamado a la unidad en Cristo.

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Algo profundo se está moviendo en el mundo, y no siempre para bien. No solo en las calles, en las noticias o en los conflictos visibles, sino también en el corazón de muchos creyentes. Y eso, si somos honestos, debería inquietarnos.

Hoy vemos sufrimiento, injusticia y pérdida de vidas en distintos lugares del mundo. Personas desplazadas, perseguidas, silenciadas. Personas que, más allá de sus ideas, su origen o su postura, siguen siendo personas. Y sin embargo, a veces pareciera que como cristianos hemos aprendido a mirar hacia otro lado, o peor aún, a justificar aquello que hiere la dignidad humana.

La tristeza aparece cuando el amor al prójimo comienza a ser condicionado. Cuando nuestras convicciones políticas, ideológicas o culturales pesan más que el mandamiento más sencillo y más radical que Jesús nos dejó.

Jesús no habló en términos de bandos.
No puso a prueba la fe del prójimo antes de amarlo.
No preguntó de qué lado estaba alguien antes de acercarse.

Él fue claro:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
(Mateo 22:37–39)

No dijo: ama solo al que piensa como tú.
No dijo: ama solo al que te conviene.
Dijo: ama a tu prójimo.

Entonces la pregunta no es externa, es interna.
¿Qué está pasando con nosotros como cristianos?

Y aquí surge una inquietud aún más profunda: ¿qué nos está pasando como cristianos con las enseñanzas de Jesús? ¿Por qué estamos apoyando a líderes que dicen creer en Cristo, que dicen “Señor, Señor”, pero cuyos actos reflejan crueldad, indiferencia y decisiones que deshumanizan? Muchas de esas acciones no buscan el bien común, sino el beneficio propio. Pero como esas voces hablan de Dios, usan el nombre de Jesús y se envuelven en un lenguaje espiritual, terminamos creyéndoles. Nos dejamos llevar por palabras huecas, vacías, y sin darnos cuenta dejamos de pensar y discernir como lo haría Jesucristo. Y así, poco a poco, también nosotros somos engañados.

Jesús mismo nos advirtió de esto:

“No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos.”
(Mateo 7:21)

Aquí es importante decirlo con toda claridad: esto no se trata de izquierda ni de derecha, no se trata de partidos ni de ideologías. No se trata de alinearte con alguien ni de atacar a nadie. Se trata del amor de Jesucristo. Se trata de vivir como verdaderos cristianos, reflejando misericordia, compasión y un testimonio que honre el nombre de Cristo delante de todos. Porque un cristiano no se define por lo que defiende con palabras, sino por cómo ama con sus acciones.

Y vale la pena hacernos otra pregunta, breve pero necesaria: ¿por qué seguimos a líderes de iglesias que se alinean con algún gobierno sin cuestionar nada? Dios nos dio libertad para pensar, discernir y tomar decisiones responsables delante de Él. Cuando dejamos de formar convicciones propias basadas en la Palabra y comenzamos a seguir ciegamente lo que dice un pastor o un líder, renunciamos a esa libertad. En ese momento dejamos de caminar con Dios y empezamos a depender de hombres.

¿Cómo llegamos al punto donde defendemos sistemas, decisiones o autoridades por encima de la vida humana?
¿Cómo es que justificamos el dolor ajeno solo porque “no son de los nuestros”?
¿En qué momento el amor dejó de ser el centro y se volvió secundario?

Porque no podemos olvidar una verdad básica del evangelio:
toda persona fue creada por Dios.
toda vida tiene valor.
Cristo murió por todos, no por algunos.

“Porque Dios no hace acepción de personas.”
(Romanos 2:11)

Decimos que somos llamados a ser luz. Pero la luz no encubre la injusticia.
Decimos que somos sal. Pero la sal no pierde su sabor sin consecuencias.

Y el mundo nos observa.
Observa qué defendemos.
Observa a quién lloramos.
Observa a quién callamos.

Cuando la fe se alinea más con el poder que con la compasión, algo se ha desviado. Cuando oramos por quienes gobiernan, pero olvidamos a las víctimas, a los migrantes, a los olvidados, nuestra oración queda incompleta.

La Escritura nos llama a orar por quienes gobiernan, sí. Pero también nos recuerda el corazón del Reino:

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.”
(Mateo 5:7)

Este no es un llamado a pelear.
No es un llamado a dividir.
Es un llamado a despertar.

A recordar que antes de cualquier postura, somos discípulos.
Antes de cualquier bandera, pertenecemos al Reino de Dios.
Antes de defender ideas, fuimos llamados a amar personas.

Te dejo esta reflexión, no para señalar, sino para volver al centro. Para preguntarnos, como iglesia y como creyentes, si seguimos reflejando el corazón de Cristo.

Te invito a que me acompañes en esta oración:

Señor Jesús,
perdónanos cuando hemos puesto otras cosas por encima del amor,
cuando hemos callado frente al dolor,
cuando olvidamos que cada vida te importa.

Enséñanos a amar como Tú amas,
sin condiciones, sin etiquetas, sin excusas.

Oramos por quienes tienen autoridad, para que gobiernen con justicia y temor de Dios.
Pero también oramos por los que sufren, por los desplazados, por los olvidados,
por cada vida herida en este mundo quebrantado.

Devuélvenos un corazón sensible,
una fe viva,
y un amor que vuelva a ser luz en medio de tanta oscuridad.

Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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