Señor, creo en Ti; ayuda mi incredulidad.

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Hay momentos en los que uno sigue caminando, pero por dentro siente que se quedó sin fuerzas. Como si la vida siguiera avanzando y uno apenas estuviera tratando de no caerse.

Muchos creen que la fe siempre se siente firme, segura, inquebrantable. Pero la verdad es que hay etapas donde la fe no se grita… se susurra. Donde uno cree en Dios, pero al mismo tiempo tiene miedo. Donde se ora, pero también se duda. Donde se confía, pero el corazón tiembla.

Hay personas que han perdido un ser querido, la salud, la estabilidad, una relación, un sueño o una etapa de su vida. Personas que, de una u otra forma, han experimentado una pérdida profunda y hoy se encuentran en una situación difícil. Personas que hicieron las cosas bien, que lucharon, que cuidaron a su familia, y aun así hoy se sienten acorraladas. Personas que miran su edad, su situación, sus responsabilidades, y se preguntan en silencio: “¿Y ahora qué hago?”

No es falta de fe sentir miedo.
No es traición a Dios sentirse cansado.
No es hipocresía creer… y aun así temblar.

La Biblia está llena de hombres y mujeres que amaban a Dios, pero que también tuvieron miedo. David lo dijo sin máscaras, sin frases bonitas, sin aparentar fuerza:

“¿Por qué te abates, alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios…” (Salmos 42:5)

David no negó lo que sentía. Lo puso delante de Dios. Porque la fe verdadera no es negar el dolor, sino llevarlo al lugar correcto.

A veces el problema no es que Dios no esté obrando, sino que el proceso es más largo de lo que nuestro corazón puede soportar. Y cuando los días pasan, y la situación no cambia, la mente se cansa, el alma se debilita, y la fe parece pequeña.

Jesús conocía ese temor. Por eso nunca le gritó a nadie por tener poca fe. Al contrario, cuando vio a un padre desesperado por su hijo, escuchó una de las oraciones más honestas que existen:

“Creo; ayuda mi incredulidad.” (Marcos 9:24)

Esa frase no ofendió a Jesús. Lo conmovió.

Dios no se aleja cuando dudamos. Dios se acerca cuando somos sinceros.

Hay personas que hoy oran todos los días, que buscan hacer lo correcto, que quieren ser fieles, que aman a su familia, que quieren proveer, que quieren salir adelante… pero sienten que nada avanza. Proyectos que no funcionan. Puertas que no se abren. Respuestas que no llegan.

Y en medio de todo eso, el temor aparece:
¿Y si no sale?
¿Y si no alcanza?
¿Y si ya es tarde?
¿Y si no puedo?

Pero Dios sigue diciendo lo mismo que le dijo a su pueblo cuando estaban rodeados, cansados y sin fuerzas:

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo.” (Isaías 41:10)

No dice “no temas porque todo se va a arreglar hoy”.
Dice: “no temas porque yo estoy contigo”.

La presencia de Dios no siempre quita el problema de inmediato, pero sí sostiene el corazón para no rendirse.

A veces la fe no es sentir seguridad, sino decidir no soltar a Dios aunque las manos tiemblen. A veces la fe es levantarse un día más, seguir intentando, seguir orando, seguir confiando, aunque no haya señales claras.

Dios ve al padre que quiere cumplir.
Dios ve al esposo que quiere sostener su hogar.
Dios ve al creyente cansado que aun así no se aparta.
Dios ve el corazón que lucha por mantenerse firme.

Y la Biblia nos recuerda algo que no debemos olvidar cuando todo parece oscuro:

“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu.” (Salmos 34:18)

Si hoy te sientes sin fuerzas, no estás lejos de Dios. Estás exactamente en el lugar donde Él suele manifestarse con más profundidad.

Te dejo esta reflexión con una verdad sencilla, pero poderosa: Dios no te ha soltado. Aunque no lo sientas. Aunque tengas miedo. Aunque la fe hoy sea pequeña.

Jesús mismo lo dijo:

“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2 Corintios 12:9)

Te invito a que me acompañes en esta oración.

Señor, aquí estamos, cansados, con temor, con preguntas que no tienen respuesta. Tú conoces nuestro corazón, nuestras luchas, nuestras responsabilidades, nuestra carga. Aumenta nuestra fe cuando se siente débil. Quita el miedo que nos paraliza. Danos fuerzas para seguir un día más. Abre caminos donde no vemos salida. Sostén a quienes aman a su familia y quieren hacer lo correcto. No nos sueltes, Señor, y ayúdanos a no soltarte a Ti. Amén.

En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.

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