Quédate conmigo un momento. No imagines un relato lejano ni una escena religiosa repetida mil veces. Imagina a un hombre real, con polvo en los pies y sangre en las manos, contándote algo que lo marcó para siempre. Yo fui ese soldado. Yo estuve ahí. Yo sostuve la lanza.
Aquel día me enviaron al Gólgota junto con otros soldados romanos. Era una ejecución más. Tres hombres iban a morir crucificados. Dos eran criminales conocidos. El del centro se llamaba Jesús de Nazaret. Algunos lo llamaban profeta, otros rey, otros blasfemo. Para mí, en ese momento, solo era otro condenado.
Desde que lo clavaron en la cruz algo me inquietó. No maldecía. No suplicaba. No odiaba. Lo escuché pedir perdón por quienes lo estaban matando. Lo vi mirar al cielo como alguien que confía, no como alguien derrotado. Eso no era normal. Yo había visto morir a muchos hombres. Ninguno moría así.
Las horas avanzaron. El sol ardía. Los líderes religiosos se acercaban con prisa. Querían asegurarse de que todos estuvieran muertos antes del descanso. El centurión nos dio la orden de terminar con aquello.
Me señaló.
—Asegúrate de que ese ya esté muerto.
Tomé la lanza. Era un gesto mecánico, aprendido, repetido. Me acerqué a Jesús. Su cuerpo estaba inmóvil. Su cabeza inclinada. Algo dentro de mí dudó, pero no pregunté. Obedecí.
Introduje la lanza en su costado.
De inmediato brotó sangre y agua. Me quedé paralizado. Nunca había visto algo así. No fue solo el impacto físico. Fue como si algo invisible se rompiera dentro de mí. El aire se volvió pesado. La tierra tembló. Sentí miedo, pero no de castigo, sino de verdad.
Escuché al centurión decir, casi en un susurro:
—Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.
Solté la lanza. Mis manos temblaban. No entendía todo, pero entendía lo suficiente. Jesús no había muerto porque nosotros tuviéramos poder sobre Él. Había muerto porque decidió entregarse.
Esa noche no pude dormir. Su voz no me dejaba en paz:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Yo sí sabía lo que había hecho. Yo fui el que atravesó su cuerpo. Y aun así, Él pidió perdón por mí.
Con el tiempo comprendí algo que hoy quiero dejarte claro: cuando clavé la lanza, no apagué su amor. Lo confirmé. La sangre que salió de su costado no gritaba venganza, ofrecía perdón. No cayó solo sobre la tierra, cayó también sobre mi culpa.
Te dejo esta reflexión. La cruz no es un símbolo bonito ni una historia suave. Fue real. Hubo clavos. Hubo una lanza. Hubo un hombre inocente entregándose por amor. Y si ese amor pudo alcanzar a un soldado romano endurecido por la violencia, también puede alcanzarte a ti, tal como estás.
Te invito a que me acompañes en esta oración.
Señor Jesús, yo no estuve físicamente al pie de la cruz, pero muchas veces he sido indiferente, he fallado, he herido, he ignorado tu amor. Hoy entiendo que tu sacrificio fue real y personal. Así como perdonaste al soldado que te atravesó, perdóname a mí. Entra en mi vida, limpia mi corazón y enséñame a vivir desde ese amor que no se rinde. Amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




