¿Qué dijo Jesús acerca de las guerras y cuál debe ser la posición de un cristiano?

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¿Qué dijo Jesús acerca de las guerras y cuál debe ser la posición de un cristiano?
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Quédate hasta el final, porque este tema no se puede responder con enojo, con bandera en la mano ni con frases rápidas. Hay momentos en la historia donde el corazón del cristiano tiene que detenerse, abrir la Biblia y preguntarse con temor de Dios: “Señor, ¿qué quieres que piense? ¿Qué quieres que haga? ¿Qué actitud esperas de mí?”

Las guerras siempre han sacudido al mundo. Algunas se presentan como necesarias. Otras como defensa. Otras como justicia. Otras como castigo. Y muchas veces, cuando hay dolor, muerte, miedo y confusión, cada nación intenta convencer a su gente de que Dios está de su lado.

Pero el cristiano no puede responder primero como ciudadano de una nación. Tiene que responder primero como discípulo de Cristo.

Jesús habló de las guerras, pero no habló de ellas como algo que sus seguidores debían celebrar. En Mateo 24:6, Jesús dijo:

“Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.”

Jesús no negó que habría guerras. Tampoco dijo que las guerras serían señales de que una nación es más santa que otra. Él dijo que iban a ocurrir en un mundo caído, quebrado por el pecado, dominado por ambiciones humanas, odios, orgullo, injusticias y rebelión contra Dios.

Esto es importante: que Jesús haya dicho que las guerras iban a suceder no significa que Él nos mandó a apoyarlas con entusiasmo.

Una cosa es reconocer una realidad profética, y otra cosa muy diferente es bendecir la violencia como si fuera el deseo perfecto de Dios.

Jesús vino a revelar un Reino diferente. Cuando Pilato lo interrogó, Jesús respondió en Juan 18:36:

“Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían…”

Esa frase es muy fuerte. Jesús pudo haber llamado ejércitos de ángeles. Pudo haber usado poder militar. Pudo haber destruido a sus enemigos. Pero no lo hizo. Su Reino no avanza con espada, con odio ni con venganza. Su Reino avanza con verdad, justicia, misericordia, arrepentimiento y amor.

Por eso, cuando Pedro sacó la espada para defender a Jesús, el Señor le dijo en Mateo 26:52:

“Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.”

Pedro pensaba que estaba defendiendo al Hijo de Dios. Pero Jesús le enseñó que no todo lo que parece defensa de Dios viene del Espíritu de Dios.

Y aquí empieza la pregunta difícil: entonces, ¿un cristiano debe apoyar una guerra?

La respuesta más honesta es esta: un cristiano no debe amar la guerra, no debe celebrarla, no debe desearla, no debe usarla para alimentar odio, y no debe confundir el Reino de Dios con los intereses de ninguna nación.

Jesús dijo en Mateo 5:9:

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

No dijo: “Bienaventurados los que celebran la destrucción.” No dijo: “Bienaventurados los que se burlan del enemigo.” No dijo: “Bienaventurados los que desean que mueran más personas.” Dijo: “Bienaventurados los pacificadores.”

Eso no significa que el cristiano sea ingenuo. La Biblia reconoce que hay maldad real en el mundo. Reconoce que existen gobiernos, autoridades, injusticias y situaciones donde se necesita proteger al inocente. Romanos 13 enseña que la autoridad civil tiene una función de orden y justicia. Pero hay una diferencia entre reconocer que los gobiernos tienen responsabilidades y pensar que la Iglesia debe convertirse en porrista de la guerra.

El Estado puede hablar de estrategia.

Pero la Iglesia debe hablar de verdad, justicia, misericordia y arrepentimiento.

El Estado puede hablar de fronteras.

Pero la Iglesia debe recordar que cada vida humana, de cualquier nación, fue creada a imagen de Dios.

El Estado puede declarar enemigos.

Pero Jesús nos dijo en Mateo 5:44:

“Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”

Esto no es fácil. De hecho, es una de las enseñanzas más difíciles de Jesús. Porque en tiempos de guerra, el mundo quiere que odiemos. Quiere que deshumanicemos. Quiere que veamos al otro lado como monstruos. Pero Jesús nos llama a algo más alto: amar sin aprobar el mal, orar sin justificar la injusticia, buscar la paz sin negar la verdad.

El cristiano puede orar por protección. Puede orar por justicia. Puede pedir que Dios detenga al malvado. Puede pedir sabiduría para los gobernantes. Puede llorar con los que lloran. Puede defender al inocente. Pero debe cuidar su corazón para no convertirse en alguien que disfruta la muerte de otros.

Proverbios 24:17 dice:

“Cuando cayere tu enemigo, no te regocijes, y cuando tropezare, no se alegre tu corazón.”

Aunque ese texto está en el Antiguo Testamento, revela algo del carácter de Dios que también vemos en Jesús. Dios no se complace en un corazón cruel.

Ahora, sobre Israel, también debemos hablar con cuidado. La Biblia muestra que Dios hizo pactos con Israel y que Israel tiene un lugar importante en la historia bíblica. Pero eso no significa que todo acto político o militar de un gobierno moderno deba ser aprobado automáticamente por los cristianos sin discernimiento.

Apoyar el derecho de un pueblo a existir y vivir seguro no significa cerrar los ojos ante el sufrimiento de inocentes. Orar por Israel no significa odiar a los palestinos. Orar por los palestinos no significa odiar a Israel. El cristiano no está llamado a escoger a quién amar y a quién despreciar. Está llamado a amar la justicia, aborrecer el mal y orar por todos.

Primera de Timoteo 2:1-2 nos dice:

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia…”

La primera reacción del cristiano ante la guerra no debería ser aplaudir bombardeos ni compartir publicaciones llenas de odio. La primera reacción debería ser doblar rodillas.

Orar por los gobernantes.

Orar por los soldados.

Orar por los civiles.

Orar por los niños.

Orar por las viudas.

Orar por los rehenes.

Orar por los heridos.

Orar por los enemigos.

Orar para que Dios detenga la maldad, exponga la mentira y traiga paz verdadera.

Santiago 4:1 hace una pregunta muy directa:

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?”

La Biblia no presenta la guerra como algo hermoso. La presenta como fruto de un mundo donde el pecado gobierna los corazones humanos. Detrás de muchas guerras hay orgullo, codicia, miedo, venganza, ambición, control, idolatría nacionalista y deseo de poder.

Por eso el cristiano debe tener mucho cuidado cuando empieza a hablar de guerra con demasiada seguridad. Porque es muy fácil decir “Dios está con nosotros” cuando los muertos están lejos. Es muy fácil hablar fuerte cuando no somos nosotros quienes estamos enterrando hijos. Es muy fácil opinar desde una pantalla cuando otros están debajo de los escombros.

Jesús no nos llamó a ser fríos. Nos llamó a ser luz.

Y ser luz en tiempos de guerra significa no dejarnos arrastrar por el odio colectivo. Significa no repetir mentiras solo porque favorecen al lado que nos cae mejor. Significa no usar la Biblia para justificar crueldad. Significa recordar que nuestra lucha más profunda no es contra sangre y carne.

Efesios 6:12 dice:

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo…”

Esto no significa que no existan personas responsables de actos malos. Claro que existen. La Biblia enseña responsabilidad moral. Pero nos recuerda que detrás del caos humano también hay una batalla espiritual. Por eso el cristiano no debe dejar que su corazón sea gobernado por propaganda, miedo, racismo, venganza o fanatismo.

Entonces, ¿cuál es la verdadera posición cristiana ante la guerra?

La posición cristiana es estar del lado de Cristo.

Y estar del lado de Cristo significa estar del lado de la verdad, aunque incomode a los nuestros.

Estar del lado de la justicia, aunque no encaje con nuestra política.

Estar del lado de la misericordia, aunque el mundo la llame debilidad.

Estar del lado de la paz, aunque otros quieran que gritemos más fuerte.

Estar del lado de los inocentes, sin importar su nacionalidad.

Estar del lado de la oración, no del odio.

Estar del lado del Reino de Dios, no de la idolatría a una nación.

Romanos 12:17-18 dice:

“No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.”

La frase “si es posible” reconoce que no siempre depende de nosotros. Hay agresores. Hay injusticias. Hay violencia que otros comienzan. Pero “en cuanto dependa de vosotros” nos recuerda que el cristiano nunca debe ser promotor del odio, de la mentira ni de la crueldad.

Tal vez un cristiano, por conciencia, llegue a servir en el ejército. Tal vez otro cristiano, también por conciencia, decida no tomar armas. Entre creyentes sinceros puede haber diferencias en ese punto. Pero lo que no debería existir en ningún discípulo de Jesús es un corazón que disfruta la guerra, celebra la muerte o se burla del sufrimiento humano.

Porque Cristo murió por pecadores.

Y muchos de esos pecadores vivían en naciones enemigas.

La cruz nos enseña algo que el mundo no entiende: Dios no venció al mal imitando al mal. Cristo venció entregándose en amor, diciendo la verdad, perdonando, cargando el pecado y resucitando con poder.

Por eso, cuando veas guerra, no apagues tu sensibilidad. No dejes que tu corazón se vuelva piedra. No permitas que los titulares te roben la compasión. No conviertas la fe en una bandera de odio. No uses el nombre de Dios para justificar lo que Jesús jamás celebraría.

Ora. Discierne. Llora con los que lloran. Pide justicia. Pide paz. Pide protección para los inocentes. Pide sabiduría para los líderes. Pide que Dios frene al mal. Pero sobre todo, pide que tu corazón no se parezca al mundo cuando el mundo está ardiendo.

Porque Jesús no dijo: “Bienaventurados los que ganan guerras.”

Jesús dijo:

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

Te dejo esta reflexión para el corazón: tal vez la pregunta no es solamente qué pensamos de la guerra, sino qué está pasando dentro de nosotros cuando hablamos de ella. Si al hablar de guerra perdemos la compasión, algo se está apagando en el alma. Si al ver morir inocentes solo pensamos en bandos, algo necesita volver a Cristo. Si nuestro corazón ya no puede orar por el enemigo, necesitamos sentarnos otra vez a los pies de Jesús.

Te invito a que me acompañes en esta oración:

Señor Jesús, enséñanos a mirar las guerras con tus ojos. No permitas que el odio gobierne nuestro corazón. Danos discernimiento para no llamar bueno a lo malo ni malo a lo bueno. Ayúdanos a amar la justicia sin perder la misericordia. Te pedimos por los inocentes, por los niños, por las familias, por los soldados, por los gobernantes y aun por nuestros enemigos. Detén la maldad, trae verdad donde hay mentira, consuelo donde hay dolor y paz donde hay destrucción. Haznos pacificadores en un mundo lleno de violencia. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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