¿Por qué Jesús se sintió abandonado en la cruz?

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Quédate un momento. Esta pregunta, dicha desde una cruz, no es ligera… y tampoco es solo teológica. Es profundamente humana.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Mateo 27:46)

Cuando Jesús pronuncia estas palabras, no lo hace desde la comodidad de una enseñanza ni desde la distancia de una parábola. Las dice colgado de una cruz, con el cuerpo destrozado, la respiración rota y el alma cargando un peso que ningún ser humano ha llevado jamás.

Y aquí es donde muchos se confunden.

Jesús no estaba dudando de Dios.
Jesús no estaba perdiendo la fe.
Jesús no estaba diciendo esas palabras al azar.

Jesús estaba entrando, hasta el fondo, en la experiencia humana del abandono.

Ese grito nace del Salmo 22, una oración conocida por cualquier judío. No empieza con esperanza, empieza con angustia. Con silencio. Con la sensación de que Dios no responde. Jesús no solo cita un versículo; está viviendo lo que ese salmo describe. Está abrazando el dolor humano completo, incluso ese dolor que siente que Dios se ha ido.

Aquí hay algo que duele aceptar, pero libera:
En la cruz, Jesús experimenta la separación que el pecado produce.

No porque Él haya pecado, sino porque cargó con el nuestro.

La Biblia dice que “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). Eso significa que Jesús, el Hijo amado, el que siempre estuvo en perfecta comunión con el Padre, entra en un territorio que nunca había conocido: la sensación de distancia, de ruptura, de abandono.

Jesús siente lo que tú has sentido cuando has orado y no hay respuesta.
Cuando haces todo bien y aun así todo se derrumba.
Cuando amas a Dios, pero el cielo parece cerrado.

Y aquí está lo más fuerte:
Jesús no gritó “Padre” en ese momento. Dijo “Dios mío”.

No porque dejara de ser Hijo, sino porque estaba tomando nuestro lugar. El lugar del ser humano que ya no siente cercanía, solo necesidad. Solo dolor. Solo silencio.

Pero el Salmo 22 no termina en abandono. Termina en victoria.

Jesús, aun sintiéndose abandonado, no baja de la cruz. No se rinde. No se defiende. Permanece. Porque sabía que ese silencio no era rechazo, era propósito.

El Padre no lo abandonó por falta de amor.
Lo permitió por amor a nosotros.

Si Jesús no hubiera pasado por ese abandono, tú y yo nunca sabríamos que Dios puede estar presente incluso cuando no se siente.

La cruz nos enseña algo duro, pero sanador:
Sentir a Dios lejos no significa que Dios se haya ido.

Jesús gritó esa pregunta para que tú no tengas que cargarla solo. Para que cuando tú la digas, sepas que Él ya estuvo ahí. Que entiende. Que acompaña. Que no juzga tu dolor.

Y tres días después, el silencio se rompió.
La tumba quedó vacía.
El abandono no fue el final.

Te dejo esta reflexión final:
Si hoy sientes que Dios te ha abandonado, recuerda esto: Jesús ya estuvo en ese lugar para que tú nunca estés ahí sin esperanza. Aun cuando no lo sientas, Dios sigue obrando. El silencio no es ausencia. A veces es el umbral de la resurrección.

Te invito a que me acompañes en esta oración.

Señor, hay momentos en los que no te siento. Momentos en los que duele, en los que parece que guardas silencio. Hoy recuerdo que Jesús también pasó por ahí. Ayúdame a confiar, incluso cuando no entiendo. Sostén mi fe cuando mis fuerzas se acaban. Enséñame a esperar, sabiendo que tú no abandonas a los que amas. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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