Aprende a orar como Jesús nos enseñó.

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Aprende a orar como Jesús nos enseñó.
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Si oras como Jesús nos enseñó, Dios te recompensará.

En Mateo 6, Jesús habla de la oración dentro de un tema más grande: la vida espiritual verdadera. Primero habla de no hacer obras de justicia para ser vistos. Luego habla de no orar como los hipócritas, que buscaban lugares públicos para que la gente admirara su espiritualidad. Después dice algo muy fuerte: entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto.

Eso no significa que nunca podamos orar en público. Jesús mismo oró delante de otros. La enseñanza es más profunda: Dios no quiere una oración actuada. No quiere palabras bonitas para impresionar. Quiere verdad.

Luego Jesús dice que no usemos repeticiones vacías, como si Dios nos fuera a escuchar por hablar mucho. A veces creemos que orar mejor es hablar más, llorar más, gritar más o usar palabras más espirituales. Pero Jesús nos enseña que el Padre ya sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

Entonces, ¿para qué oramos?

Oramos no para informar a Dios, sino para acercarnos a Él. Oramos para rendir el corazón, para reconocer que dependemos de Él, para alinear nuestra voluntad con la suya.

Por eso Jesús nos dio el modelo del Padre nuestro.

Primero: “Padre nuestro que estás en los cielos”. La oración empieza con relación. No le hablamos a una fuerza lejana, sino a un Padre santo, cercano y eterno.

Después dice: “Santificado sea tu nombre”. Antes de pedir, adoramos. Reconocemos quién es Dios.

Luego: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”. Esta es una de las partes más difíciles, porque muchas veces oramos queriendo que Dios apruebe nuestros planes, pero Jesús nos enseña a rendir nuestros planes a Dios.

Después vienen nuestras necesidades: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Dios no se molesta porque le pidamos lo necesario. Él sabe que somos humanos, que tenemos cargas, cuentas, enfermedades, familia, preocupaciones.

Luego Jesús nos lleva al perdón: “Perdónanos… como también nosotros perdonamos”. Una oración sincera no puede vivir agarrada al rencor. Dios quiere sanar también lo que cargamos contra otros.

Y finalmente: “No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal”. Orar también es reconocer que solos no podemos. Necesitamos protección, dirección y fuerza espiritual.

Esa es la oración verdadera.

No es actuación.
No es fórmula mágica.
No es repetir palabras sin corazón.
No es manipular a Dios.

Orar como Jesús enseñó es venir al Padre con humildad, confianza, adoración, dependencia, perdón y obediencia.

Te dejo esta reflexión para que la medites: tal vez la oración que más agrada a Dios no es la más larga, sino la más sincera. La que nace en secreto, donde nadie aplaude, donde nadie mira, pero donde el Padre escucha.

Te invito a que me acompañes en esta oración:

Padre nuestro que estás en el cielo, enséñanos a orar con un corazón sincero y rendido a tu voluntad. Perdónanos, guíanos y líbranos del mal. Todo te lo pido en el nombre de Cristo Jesús. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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