Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del dolor. Y esta es una de ellas: si Dios es bueno, si Dios es justo, si Dios tiene poder sobre todas las cosas… ¿por qué permite tanta maldad en el mundo?
La pregunta no es pequeña. La hace una madre que perdió a su hijo. La hace una persona que fue traicionada. La hace quien ve guerras, abusos, injusticias, enfermedades, violencia y corrupción. A veces uno mira el mundo y siente que el mal grita demasiado fuerte, mientras Dios parece guardar silencio.
Pero el silencio de Dios no significa ausencia. Y que Dios permita algo no significa que lo apruebe.
Desde el principio, la Biblia nos muestra que Dios creó un mundo bueno. No creó al ser humano como una máquina obligada a obedecer, sino como una criatura con voluntad, capaz de amar, decidir y responder. Y ahí está una parte profunda del asunto: el amor verdadero no puede existir sin libertad. Si Dios hubiera creado seres incapaces de escoger, también habría creado seres incapaces de amar de verdad.
El problema es que esa libertad fue usada para apartarse de Dios. El pecado entró al mundo, y con él llegaron el egoísmo, la violencia, la muerte, la mentira y la injusticia. No todo sufrimiento viene directamente por una decisión personal, pero sí vivimos en un mundo quebrado por el pecado.
A veces preguntamos: “¿Por qué Dios no detiene al malo?”. Pero si Dios detuviera de inmediato toda maldad, tendría que empezar también con la maldad que vive escondida en nuestros propios corazones: el orgullo, la envidia, la mentira, la indiferencia, el rencor, la falta de amor. Nos duele el mal cuando lo vemos afuera, pero nos cuesta reconocerlo cuando está dentro de nosotros.
Eso no significa que todo sea igual ni que todas las personas sean malas de la misma manera. Hay actos terribles, injusticias profundas y heridas que claman al cielo. Dios no es indiferente a eso. La Biblia dice que Él ama la justicia y que un día juzgará todo con verdad. Nadie se burlará de Dios para siempre. Ninguna lágrima quedará olvidada. Ninguna injusticia quedará sin respuesta.
Pero mientras llega ese día, Dios también está obrando de una manera que muchas veces no entendemos. Él no siempre elimina el dolor de inmediato, pero puede entrar en medio del dolor. No siempre evita la prueba, pero puede sostener al que está siendo quebrantado. No siempre responde como nosotros quisiéramos, pero nunca deja de ser Dios.
La prueba más grande de que Dios no es indiferente al sufrimiento está en Jesucristo. Dios no miró el dolor humano desde lejos. Entró a nuestra historia. Jesús sufrió rechazo, injusticia, traición, golpes, humillación y muerte. En la cruz, el Hijo de Dios cargó con el peso del pecado humano. Allí vemos que Dios no ignora la maldad: la enfrentó de la forma más profunda, entregando a su propio Hijo para abrirnos camino al perdón, la vida y la esperanza.
Por eso, aunque no siempre entendamos por qué Dios permite ciertas cosas, sí podemos saber algo: Dios no ha perdido el control. El mal no tendrá la última palabra. La oscuridad puede parecer fuerte, pero no es eterna.
Mientras tanto, nuestra tarea no es justificar la maldad ni acostumbrarnos a ella. Nuestra tarea es ser luz donde hay oscuridad, consuelo donde hay dolor, justicia donde hay abuso, verdad donde hay mentira y amor donde muchos solo han conocido dureza.
Te dejo esta reflexión final para que la medites con calma: tal vez la pregunta no es solamente: “¿Por qué Dios permite la maldad?”. Tal vez también deberíamos preguntarnos: “¿Qué quiere Dios formar en mí mientras vivo en un mundo herido?”. Porque mientras esperamos la justicia final de Dios, Él nos llama a no aumentar la oscuridad, sino a reflejar la luz de Cristo con nuestra manera de vivir, de hablar, de perdonar y de amar.
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




