Si todavía extrañas a tu mamá como el primer día, escucha esto hasta el final. Dios también entiende ese dolor.
Señor, hoy pongo delante de Ti el recuerdo de mi madre.
No escribo estas palabras porque ella pueda escucharme desde aquí. Las escribo porque mi corazón todavía guarda amor, gratitud, lágrimas y recuerdos que necesito poner en tus manos.
Hoy la extraño, Señor.
La extraño más de lo que muchas veces puedo decir. La extraño en los días especiales, pero también en los días simples. La extraño cuando algo me sale bien y quisiera compartir esa alegría. La extraño cuando algo me duele y quisiera sentir ese consuelo que solo una madre sabe dar.
La extraño cuando una comida me recuerda a ella. Cuando veo una foto. Cuando llega una fecha importante. Cuando el silencio de su ausencia se siente más fuerte.
Hay momentos en que quisiera volver atrás, aunque fuera solo por un minuto.
Un minuto para abrazarla más fuerte.
Un minuto para darle gracias.
Un minuto para pedirle perdón.
Un minuto para decirle cuánto la amé.
Porque ahora entiendo muchas cosas que antes no entendía.
Ahora entiendo sus cansancios. Entiendo sus preocupaciones. Entiendo sus silencios. Entiendo esas veces que parecía fuerte, pero seguramente también estaba cansada por dentro. Entiendo que muchas veces dio más de lo que tenía, y aun así siguió amando.
Señor, gracias por mi madre.
Gracias por su vida. Gracias por sus consejos. Gracias por sus oraciones. Gracias por sus regaños que ahora me hacen falta. Gracias por sus manos, por su paciencia, por su manera de estar pendiente, por ese amor que muchas veces no supe valorar como debía.
Hoy también pongo delante de Ti lo que me pesa.
Perdóname, Señor, si alguna vez no la escuché.
Perdóname si la hice sufrir.
Perdóname si no la abracé lo suficiente.
Perdóname si pensé que siempre iba a estar.
Uno nunca cree que va a llegar ese día. Uno piensa que mamá siempre va a contestar el teléfono, que siempre habrá otra oportunidad, que siempre habrá otro abrazo, otra visita, otra conversación.
Pero un día llega el silencio.
Y ese silencio duele.
Duele no poder llamarla.
Duele no poder verla.
Duele no poder sentarme a su lado.
Duele aprender a vivir con un espacio que nadie más puede ocupar.
Pero hoy, Señor, no quiero quedarme solo en el dolor. Quiero llevar mi tristeza a Ti, porque sé que Tú escuchas lo que mi corazón no puede cargar solo.
Tu Palabra dice: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.” Salmo 34:18
Y yo necesito creer eso hoy.
Necesito creer que estás cerca cuando la extraño. Que ves mis lágrimas. Que entiendes este vacío que dejó. Que no me pides olvidar, sino descansar en tus brazos.
Porque llorar su ausencia no significa que no tenga fe.
Extrañarla no significa que no confíe en Ti.
Recordarla con dolor no significa que soy débil.
Significa que la amé.
Significa que su vida dejó huellas profundas en mí.
Señor, su cuerpo ya no está aquí, pero lo que sembró sigue caminando conmigo. Sigue en lo que me enseñó. Sigue en los valores que dejó. Sigue en las palabras que recuerdo. Sigue en esa fuerza que a veces me levanta cuando siento que no puedo más.
A veces descubro que hago cosas como ella las hacía.
A veces repito frases que ella decía.
A veces entiendo sus consejos muchos años después.
Y entonces sonrío con lágrimas, porque me doy cuenta de que una madre que amó de verdad no se borra del corazón.
Jesús también lloró frente a la muerte. La Biblia dice: “Jesús lloró.” Juan 11:35
Eso me consuela, Señor.
Porque si Jesús lloró, entonces mis lágrimas no están mal. Si Jesús sintió dolor, entonces Él entiende el mío. Si Él estuvo frente a una tumba y lloró, también puede estar conmigo cuando el recuerdo de mi madre me parte el alma.
Hoy no puedo llevarle flores como antes. No puedo sentarme con ella. No puedo darle un beso en la frente. Pero sí puedo honrar su memoria viviendo de una manera que te agrade a Ti.
Quiero honrarla siendo mejor.
Quiero honrarla amando más.
Quiero honrarla perdonando.
Quiero honrarla cuidando lo que ella cuidó.
Quiero honrarla siguiendo adelante, aunque todavía duela.
Y cuando me falten fuerzas, quiero recordar que Tú me sostienes.
Porque tu promesa sigue viva: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” Apocalipsis 21:4
Esa esperanza me ayuda a respirar.
Saber que un día Tú quitarás todo dolor. Saber que la muerte no tiene la última palabra. Saber que en Cristo hay vida, consuelo y eternidad.
Mientras tanto, Señor, ayúdame a recordarla con gratitud.
No como alguien que se perdió en el olvido, sino como alguien que Tú me permitiste amar. Como alguien que dejó huellas. Como alguien que marcó mi vida. Como alguien por quien hoy puedo decir: gracias, Dios, por haberme dado una madre así.
Me hace falta, Señor.
Me hizo falta ayer.
Me hace falta hoy.
Y sé que me hará falta muchas veces más.
Pero hoy quiero descansar en Ti.
Quiero soltar la culpa, la tristeza y las palabras que quedaron guardadas. Quiero creer que Tú puedes sanar incluso esos rincones del corazón donde todavía duele.
Gracias por cada abrazo que recibí de ella.
Gracias por cada consejo.
Gracias por cada sacrificio.
Gracias por cada oración.
Gracias por cada lágrima que derramó por mí.
Hoy no busco hablar con quien ya partió. Hoy busco acercarme a Ti, Señor, porque Tú eres mi consuelo. Tú eres mi refugio. Tú eres quien sostiene a los hijos cuando ya no pueden abrazar a su madre.
Te dejo esta reflexión: hay ausencias que duelen toda la vida, pero cuando las ponemos en las manos de Dios, el dolor no desaparece de golpe, pero empieza a tener esperanza.
Una madre que partió deja un vacío profundo, pero Cristo puede llenar de paz el corazón que todavía llora.
Te invito a que me acompañes en esta oración:
Señor, hoy pongo delante de Ti el dolor que todavía llevo por la ausencia de mi madre. Gracias por su vida, por su amor y por todo lo que sembró en mí. Ayúdame a recordarla con gratitud y no solo con tristeza. Abrázame cuando la extrañe. Sostén mi corazón cuando me duela su ausencia. Sana lo que quedó pendiente dentro de mí. Y enséñame a vivir de una manera que honre su memoria y te agrade a Ti. En el nombre de Jesús. Amén.
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




