¿Por Qué Juan el Bautista Dudó de Jesús?

Únete al canal de: WhatsApp Telegram
Somoscristianos. Org
Somos Cristianos – Reflexiones diarias de fe y vida
¿Por Qué Juan el Bautista Dudó de Jesús?
Cargando
/

Había un hombre que nunca tuvo miedo.

Vivió en el desierto, comía lo que encontraba, se vestía con lo que tenía. No necesitaba la aprobación de nadie. Les gritó la verdad en la cara a los fariseos, a los reyes, a los poderosos. Era Juan. Juan el Bautista.

Toda su vida tuvo un solo propósito. Desde que era pequeño, su mamá Elisabet le contaba cómo había saltado de alegría dentro de su vientre el día que María, embarazada de Jesús, cruzó la puerta de su casa. Imagínate eso. Antes de nacer ya lo conocía. Antes de abrir los ojos ya sabía para qué vivía.

Creció con esa misión grabada en el corazón: «Prepara el camino del Señor.»

Y lo hizo.

Predicó en el desierto. La gente caminaba kilómetros para escucharlo. Bautizaba en el río Jordán, y un día… ese día que él siempre supo que llegaría… apareció Jesús.

Y Juan lo reconoció de inmediato.

«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»

Él mismo lo bautizó. Él mismo vio el cielo abrirse. Él mismo escuchó la voz del Padre. Sus propios discípulos, convencidos por sus palabras, dejaron todo y se fueron a seguir a Jesús.

Juan lo había visto todo. Lo había vivido todo.

Y sin embargo… llegó la cárcel.

Herodes lo había metido preso por decir la verdad. Una celda oscura. Cadenas. Días que se volvían semanas. Silencio.

Y fue ahí, en esa oscuridad, donde algo empezó a moverse por dentro.

Porque Juan había esperado a un Mesías poderoso. Alguien que rompiera yugos, que liberara a los oprimidos, que sacudiera a los imperios. Y las noticias que le llegaban de Jesús eran hermosas, sí… pero no eran las que él esperaba.

Jesús sanaba enfermos. Perdonaba pecadores. Hablaba con mujeres de mala reputación. Comía con cobradores de impuestos. Se rodeaba de gente humilde.

Pero Herodes seguía en su trono.

Pero Juan seguía en su celda.

Y entonces, en ese momento donde la oscuridad es más pesada que la fe… Juan hizo algo que nos cuesta trabajo admitir que también nosotros hacemos.

Dudó.

Mandó a dos de sus discípulos con una pregunta. Una sola pregunta, pero cargada de todo el peso de sus noches sin dormir:

«¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?»

Leélo despacio.

Ese hombre que saltó de alegría antes de nacer. Ese hombre que vivió en el desierto por años preparando el camino. Ese hombre que con sus propias manos bautizó a Jesús y escuchó al Padre desde el cielo. Ese mismo hombre, ahora en una celda, pregunta: ¿Eres tú?

¿Cómo es posible?

Muy posible. Y muy humano.

Porque la duda de Juan no era una duda de incredulidad. Era una duda de sufrimiento.

Hay una diferencia enorme entre las dos.

La duda de incredulidad dice: «No creo que Dios exista.»

La duda de sufrimiento dice: «Creo en Dios… pero no entiendo lo que está pasando.»

Juan no había dejado de creer. Juan estaba sufriendo. Y en el sufrimiento, hasta la fe más fuerte tiembla. No porque sea falsa, sino porque es humana.

Piénsalo así. Tú puedes amar profundamente a alguien… y en un momento de dolor muy grande, preguntarte si ese amor es real. No porque no lo sientas, sino porque el dolor te nubla todo.

Eso le pasó a Juan.

Llevaba semanas en la oscuridad. No sabía si iba a salir. No sabía si Jesús iba a hacer algo. Y sus expectativas de cómo debía actuar el Mesías chocaban con la realidad de lo que veía.

Esperaba un rey con espada. Y tenía frente a él un rey con amor.

Esperaba liberación política. Y Jesús ofrecía liberación del alma.

Esperaba que llegara a sacarlo de la cárcel. Y Jesús seguía caminando por los caminos de Galilea sanando a desconocidos.

Y aquí viene algo que me llega muy adentro.

Jesús no se enojó con Juan.

No dijo: «¿Cómo se atreve a dudar de mí después de todo lo que vivimos?» No lo regañó. No lo criticó. No le mandó un sermón de dos horas sobre la falta de fe.

Le mandó una respuesta tierna.

«Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena noticia.»

Fue como si le dijera: «Juan, yo sé dónde estás. Yo sé lo que estás sintiendo. Yo sé que no entiendes. Pero mira lo que estoy haciendo. Confía en mí aunque no entiendas cómo lo estoy haciendo.»

Y luego, frente a toda la gente, Jesús dijo algo que a Juan nunca le llegó a los oídos en esa celda, pero que el cielo entero escuchó:

«Entre los nacidos de mujer, no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista.»

En el momento de su mayor duda… Jesús lo llamó el más grande.

Entonces, ¿qué aprendemos de todo esto?

Aprendemos que la fe no es la ausencia de dudas. La fe es seguir buscando a Jesús incluso cuando dudas.

Fíjate en lo que hizo Juan. No se quedó callado en su celda consumiéndose por dentro. No se amargó. No maldijo a Dios. No se rindió.

Mandó a preguntar.

Fue a Jesús con su duda. Y eso… eso es fe.

La fe madura no finge que todo está bien cuando todo duele. La fe madura va a Jesús con las preguntas que nadie más puede responder y dice: «No entiendo… pero aquí estoy.»

Aprendemos también que Dios no siempre actúa como nosotros esperamos. Y eso no significa que no esté actuando.

Juan esperaba una cosa. Dios tenía algo mucho más grande en mente. No solo liberar a Israel. Liberar a toda la humanidad. No solo romper cadenas físicas. Romper las cadenas del pecado y de la muerte para siempre.

Y a veces Dios no te saca de tu cárcel… porque está usando tu cárcel para algo que tú todavía no puedes ver.

Y aprendemos algo más. Algo muy personal.

Si Juan dudó… tú también puedes dudar. Y eso no te hace malo. No te hace un mal cristiano. No significa que tu fe es falsa.

Significa que eres humano. Significa que estás en una celda y la oscuridad pesa. Significa que tus expectativas chocaron con una realidad que no entiendes.

Y en ese momento, lo único que tienes que hacer es lo que hizo Juan.

Ir a preguntar.

«Jesús, ¿eres tú? ¿Estás aquí? ¿Me ves? ¿Sigues siendo real en medio de todo esto?»

Y Jesús te va a responder. No siempre como esperas. No siempre con lo que pediste. Pero te va a responder.

Tal vez hoy estás en tu propia celda.

No de hierro. Pero sí de tristeza. De enfermedad. De una situación que no mejora. De un sueño que se cayó. De una pérdida que todavía duele. De una fe que tembló y no sabes si va a volver a pararse.

Y en ese lugar oscuro, algo por dentro te pregunta lo mismo que preguntó Juan:

¿Es Dios real? ¿Me escucha? ¿Hay algo más?

No huyas de esa pregunta. Llévala a Jesús.

Porque Él no te va a regañar por dudar. Te va a mirar a los ojos, te va a mostrar lo que está haciendo, y te va a decir con una ternura que nadie más puede darte:

«Aquí estoy. Siempre estuve aquí. Y eres más valioso para mí de lo que imaginas.»

Si esta reflexión tocó algo en tu corazón hoy… te invito a cerrar los ojos un momento. No hace falta tener las palabras perfectas. Solo habla con Él como lo que eres: una persona real, con dudas reales, que aun así sigue buscando. Eso es todo lo que necesita. Cuéntale dónde estás. Él ya sabe, pero quiere escucharte decirlo.

https://youtube.com/shorts/RjTvXaXYiE0

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

También te puede interesar:

COMENTARIOS EN SOMOSCRISTIANOS