A veces uno prende las noticias y siente un nudo en el pecho. Otra guerra. Otro conflicto. Otro país queriendo más tierra, más control, más recursos. Y entonces viene la pregunta, no teórica, sino cansada: ¿qué nos pasa como seres humanos? ¿Por qué el poder nos atrae tanto, incluso más que la vida misma?
No es una pregunta nueva. No nació en este siglo. No empezó con los misiles ni con la política moderna. Está metida en nuestra historia desde el principio, desde que el ser humano aprendió a compararse, a sentirse menos, a querer dominar para no sentirse débil.
Dios creó al ser humano con capacidad de gobernar, de cuidar, de administrar. El problema vino cuando el corazón se torció y el poder dejó de ser responsabilidad y se volvió obsesión. Cuando ya no se quiso caminar con Dios, sino ocupar Su lugar. Ahí el poder dejó de servir y empezó a exigir sacrificios… casi siempre humanos.
La Biblia está llena de estos retratos humanos, tan reales que incomodan. Caín no mató por tierras ni por riquezas, mató porque no soportó sentirse menos. El deseo de ser superior ya estaba ahí. Más adelante, los constructores de la torre de Babel no buscaban refugio, buscaban fama, altura, permanencia, querían tocar el cielo por sus propios medios. Querían poder sin dependencia de Dios.
El pueblo de Israel, aun siendo guiado por Dios, pidió un rey no porque lo necesitara, sino porque quería verse fuerte, organizado, respetado como las otras naciones. Querían poder visible. Y ese deseo les costó caro. El poder humano, una vez concedido, comenzó a oprimir al mismo pueblo que lo pidió.
Saúl empezó humilde, pero el poder lo fue consumiendo. David, un hombre conforme al corazón de Dios, cuando se vio firme en el trono, cayó precisamente ahí: usando su posición para tomar lo que no le pertenecía. Salomón, con sabiduría y autoridad sin precedentes, terminó atrapado por su propio exceso. El patrón se repite una y otra vez: el poder prueba el corazón, y muchas veces lo rompe.
Por eso la historia se repite. Por eso los imperios nacen creyéndose eternos y mueren creyéndose traicionados. Roma creyó que su fuerza la hacía invencible y terminó cayendo bajo el peso de su propia corrupción. Siglos después, naciones enteras fueron seducidas por la idea de superioridad, de control absoluto, y el resultado siempre fue el mismo: destrucción, vidas perdidas y heridas que tardan generaciones en sanar. El poder, cuando se cree incuestionable, termina deshumanizando.
Y no hace falta ir tan lejos en el tiempo. A lo largo de la historia reciente hemos visto líderes que llegaron prometiendo orden y terminaron convirtiéndose en dueños de su pueblo. También hemos visto países con gran influencia usar su fuerza con discursos de ayuda o protección, y otras veces con intereses ocultos. Cambian los nombres, cambian los contextos, pero el impulso es el mismo: tener más, aunque otros pierdan todo.
También es importante decir algo con equilibrio y verdad: no todo uso de poder externo es necesariamente malo. La Biblia muestra que, en ciertos momentos, Dios permitió que naciones o reyes fueran instrumentos para liberar a pueblos oprimidos, para quitar tiranos, para frenar injusticias mayores. Babilonia tuvo poder y lo usó para esclavizar a Israel, para humillar y dominar; pero cuando ese poder se llenó de soberbia, Dios mismo levantó a Darío y al imperio medo-persa para derribar a Babilonia y poner fin a esa opresión, permitiendo que el pueblo regresara y reconstruyera. El problema no es ayudar, ni intervenir para detener el mal, sino desde dónde nace esa acción. Cuando el poder se usa con humildad, con temor de Dios y con un verdadero deseo de justicia, puede traer alivio y restauración. Pero cuando se disfraza de ayuda mientras busca control, beneficio propio o dominio oculto, vuelve a convertirse en lo mismo de siempre. Por eso la Palabra nos recuerda que Dios examina las intenciones del corazón, no solo las acciones visibles. Incluso lo que parece correcto puede corromperse si el poder se convierte en fin y no en medio.
Lo más triste es que muchas veces estas decisiones se toman lejos del sufrimiento real, pero quienes pagan el precio son siempre los mismos: familias, niños, ancianos, pueblos enteros que no eligieron la ambición de nadie. El poder se discute arriba, pero el dolor siempre cae abajo.
Y lo más incómodo es reconocer que esto no solo pasa en los grandes escenarios del mundo. También pasa en lo pequeño. En la familia. En las relaciones. En el trabajo. En la iglesia. En el corazón. El deseo de tener la última palabra. De imponer. De no ceder. De ganar aunque el otro pierda. Cambian las escalas, pero el impulso es el mismo.
Incluso cuando Dios permitió guerras y conquistas, como en tiempos de Josué, no fue para alimentar la ambición humana, sino para cumplir un propósito mayor. Aun así, cada vez que el ser humano confundió obediencia con poder personal, Dios mismo puso freno. Cada vez que el poder se volvió ídolo, terminó en ruina. Siempre.
Eso nos dice algo muy fuerte: el problema no es el poder en sí, es qué gobierna el corazón del que lo busca. El poder, cuando no está sometido a Dios, saca lo peor que llevamos dentro. No crea la maldad, la revela.
Por eso Jesús es tan desconcertante. Tenía todo el poder… y eligió no usarlo para dominar. No conquistó territorios. No levantó ejércitos. No eliminó enemigos. Se dejó clavar en una cruz. Como si Dios mismo nos estuviera diciendo: “Así se ve el poder cuando está lleno de amor”.
Tal vez el mundo no necesita más fuerza, más control o más dominio. Tal vez lo que falta es un corazón distinto. Porque mientras el ser humano siga creyendo que vale más cuando domina, seguirá destruyendo todo lo que toca.
Y aquí es donde la reflexión se vuelve personal y duele un poco, pero sana:
el verdadero peligro no es quién tiene el poder, sino qué lugar ocupa Dios en el corazón humano. Cuando Dios no reina, algo más lo hace… y casi siempre es el poder.
Te invito a quedarte un momento con esta oración.
Señor, mira nuestro corazón.
No solo el de los gobiernos, sino el nuestro.
Sana en nosotros esa necesidad de controlar, de imponernos, de sentirnos más que otros.
Enséñanos a vivir bajo Tu autoridad, porque solo ahí el poder no destruye.
Gobierna primero nuestro interior, para no dañar a nadie en el exterior.
Amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




