Jesús caminaba despacio a la orilla del campo. A su alrededor iban varias personas. Estaba Pedro, siempre atento… Juan, con esa mirada profunda… pero también gente común.
Mateo, que un día dejó su mesa de impuestos para seguir a Jesús, caminaba pensativo.
Sara, una mujer que había venido buscando consuelo, sostenía su manto con fuerza.
Y Andrés, un joven curioso, no dejaba de hacer preguntas en su mente.
De pronto, Jesús se detuvo.
Frente a ellos, un hombre llamado Elías —un sembrador de toda la vida— caminaba por el campo con una bolsa de semillas colgada al hombro. Sus manos curtidas tomaban las semillas y las lanzaban con naturalidad, como alguien que ya ha hecho eso mil veces.
Jesús levantó la mirada, observó la escena… y sonrió levemente.
—Miren —dijo con calma—… un sembrador salió a sembrar.
El grupo guardó silencio.
El viento sopló un poco más fuerte, levantando ligeramente el polvo del camino.
Elías lanzó un puñado de semillas… y algunas cayeron justo en el camino, donde la tierra estaba dura, compactada por el paso constante de la gente.
Sara entrecerró los ojos.
Antes de que pasara mucho tiempo, unas aves bajaron rápido… y se comieron las semillas.
Jesús no apartó la mirada.
—Otras —continuó— cayeron en un terreno con piedras…
Andrés miró hacia un lado del campo, donde la tierra era más delgada.
Ahí, las semillas brotaron rápido. Se veían verdes, vivas… prometedoras.
Pero el sol comenzó a subir.
El calor aumentó… y esas pequeñas plantas, sin raíz profunda, empezaron a doblarse… hasta secarse.
Mateo tragó saliva. Algo en esa imagen le incomodó.
Jesús siguió caminando unos pasos.
—Y otras semillas… cayeron entre espinos.
Pedro frunció el ceño. Sabía lo que eso significaba.
Las plantas crecieron… sí. Pero también los espinos.
Y poco a poco… las fueron apretando, rodeando… hasta ahogarlas.
El viento volvió a soplar, esta vez más suave.
Entonces Jesús se detuvo una vez más… y su voz cambió, como si quisiera que nadie se perdiera lo siguiente.
—Pero otras semillas… cayeron en buena tierra.
Todos levantaron la mirada.
Ahí, las plantas crecieron firmes. Fuertes. Con raíces profundas.
Y dieron fruto.
No poco… sino abundante.
Treinta… sesenta… hasta cien veces más.
Silencio.
Solo se escuchaba el sonido del campo… el viento, algunas aves a lo lejos… y el paso lento de Elías que seguía sembrando, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Pero algo sí estaba ocurriendo.
Más tarde, cuando el grupo se apartó un poco, Andrés no pudo quedarse callado.
—Maestro… —dijo con sinceridad— no entendí todo.
Jesús lo miró… no con reproche, sino con paciencia.
—La semilla —comenzó— es la palabra de Dios.
Mateo levantó la cabeza.
—El camino duro… —continuó Jesús— es como el corazón que escucha, pero no deja que nada entre. La palabra ni siquiera alcanza a quedarse… y el enemigo la quita.
Sara bajó la mirada… como si esas palabras fueran para ella.
—El terreno con piedras… es el que recibe con emoción… pero no tiene profundidad. Cuando llega el problema… se rinde.
Pedro respiró hondo.
—Y los espinos… —Jesús hizo una pausa— son las preocupaciones, el dinero, la vida misma… que terminan ahogando lo que Dios quiere hacer.
El viento movió el cabello de Sara. Sus ojos estaban húmedos.
Entonces Jesús miró a cada uno… como si conociera lo que había dentro.
—Pero la buena tierra… —dijo en voz más suave— es el corazón que escucha, entiende… y deja que la palabra transforme su vida.
Nadie habló.
Porque ya no era solo una historia.
Mateo pensaba en sus decisiones.
Pedro, en sus debilidades.
Sara, en su dolor.
Y Andrés… en su búsqueda.
Y mientras el sol comenzaba a bajar lentamente en el horizonte, quedó claro algo que nadie pudo ignorar…
El sembrador seguía haciendo su trabajo.
La semilla seguía siendo buena.
La pregunta… nunca fue esa.
La verdadera pregunta… era otra.
¿Qué tipo de tierra eres tú?
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




