Una mosca y una abeja pueden volar sobre el mismo jardín y, aun así, vivir en dos mundos completamente distintos. La mosca, por más flores que la rodeen, termina posándose sobre la basura, sobre lo podrido, sobre lo que huele mal. La abeja, en cambio, aunque pase por encima de ese mismo basurero, no se detiene ahí: sigue volando hasta encontrar la única flor del lugar. Las dos tienen alas. Las dos ven lo mismo. Pero buscan cosas distintas… y por eso encuentran cosas distintas.
Seguro conoces a alguien así. Esa persona que entra a una reunión hermosa y lo primero que nota es el detalle que salió mal. Que recibe una buena noticia y enseguida le encuentra el «pero». Que en medio de la familia, del trabajo, de la vida, siempre aterriza en lo que duele, en lo que falta, en lo que molesta. No es mala persona. Es que, sin darse cuenta, aprendió a volar como mosca.
Y también conoces a la otra. La que en el mismo día gris encuentra un motivo para sonreír. La que pasa por la misma dificultad y, en lugar de quedarse en la queja, te dice: «pero mira todo lo bueno que también pasó». Esa persona no vive en un mundo más fácil. Vive con un corazón que aprendió a buscar la flor.
Y hoy quiero hacerte una pregunta honesta, sin juzgarte: cuando te levantas cada mañana, ¿qué sale a buscar tu corazón? ¿La basura o la flor? Porque muchas veces no es que la vida nos vaya mal… es que entrenamos los ojos para ver primero lo que nos pesa.
La Biblia lo dice de una forma preciosa. En Filipenses 4:8 (NVI), Pablo nos deja casi un mapa para el corazón: «consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio». Fíjate que no nos pide ignorar los problemas ni fingir que todo está perfecto. Dios no nos pide ser ciegos. Nos pide elegir dónde posar el corazón.
Porque al final, lo que buscas, eso encuentras. Si pasas el día cazando defectos, vas a terminar rodeado de defectos. Pero si entrenas tu mirada para encontrar a Dios en lo pequeño —en un abrazo, en un nuevo amanecer, en una segunda oportunidad— vas a descubrir que, incluso en medio del basurero, siempre hay una flor esperándote. Hoy tú decides cómo vas a volar.
Si quieres, hagamos una pausa y oremos juntos: «Señor, perdóname las veces que solo vi lo malo. Enséñame a buscar tu bondad en cada día, a aterrizar en lo bueno y no en lo que me amarga. Cambia mi mirada y cambia mi corazón. Amén».
Y si oraste de corazón, créeme: Dios ya está trabajando en esa nueva forma de ver tu vida.
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




