Una reciente publicación de Christianity Today ha provocado una fuerte reflexión tras la muerte de Alex Pretti, un ciudadano que fue abatido por agentes federales de inmigración en Minneapolis, Minnesota, el 24 de enero de 2026.
El contexto es claro: tras la victoria electoral de Donald Trump en 2024, una parte importante del electorado estadounidense respaldó una política migratoria más estricta, con mayor control fronterizo y deportaciones. Ese mandato democrático existe, y el debate sobre inmigración continúa siendo legítimo.
Sin embargo, el artículo plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿puede el gobierno hacer cumplir la ley sin cruzar límites morales y constitucionales?
De acuerdo con múltiples reportes y videos, el operativo en Minnesota fue caótico y desproporcionado. Se denunciaron acciones como el uso de gas lacrimógeno cerca de menores, la detención de líderes religiosos pacíficos, el daño a vehículos sin justificación aparente y el uso excesivo de fuerza contra manifestantes. Todo esto bajo la supervisión de ICE, la agencia encargada de aplicar la ley migratoria.
El caso de Alex Pretti es el punto más grave. Según testimonios médicos y grabaciones, Pretti se encontraba en el suelo, aparentemente desarmado y rodeado por varios agentes cuando fue baleado repetidamente, incluso por la espalda. No hay evidencia clara de que se le intentara arrestar. No fue protegido como ciudadano. Fue ejecutado en plena calle.
Algunos funcionarios defendieron la actuación apelando a la “autoridad” del Estado y al deber de los agentes de protegerse. Pero el artículo subraya una verdad clave: tener autoridad no significa tener permiso para actuar sin límites. La autoridad no es una excusa; es una responsabilidad.
El uso del poder estatal exige estándares más altos, no más bajos. Exige prudencia, justicia y respeto por la dignidad humana. Cuando el gobierno actúa de manera autoritaria, incluso persiguiendo un objetivo aprobado democráticamente, traiciona el fundamento mismo del orden constitucional.
Una reflexión desde la fe.
La Biblia es clara en este punto. A quienes se les confía poder, se les exige más, no menos.
Salomón pidió sabiduría para gobernar correctamente al pueblo, consciente del peso de su responsabilidad. Dios advirtió a los pastores de Israel que serían juzgados si se aprovechaban de su posición en lugar de cuidar al rebaño. Jesús enseñó que a quien mucho se le da, mucho se le demandará. Pablo y Santiago recordaron que quienes lideran y enseñan serán juzgados con mayor rigor.
Esto aplica también hoy. A quienes gobiernan. A quienes hacen cumplir la ley. A quienes portan armas en nombre del Estado.
Exigir que las autoridades actúen con justicia y moderación no debilita la ley ni ignora los riesgos reales que enfrentan los agentes. Al contrario, honra el verdadero propósito del poder: proteger la vida, no arrebatarla.
Como cristianos, no podemos cerrar los ojos cuando la autoridad olvida su responsabilidad. La obediencia a la ley nunca debe estar divorciada del amor al prójimo ni del valor sagrado de cada vida humana.
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




