El silencio de Dios también es una respuesta.

Únete al canal de: WhatsApp Telegram
Somoscristianos. Org
Somos Cristianos – Reflexiones diarias de fe y vida
El silencio de Dios también es una respuesta.
Cargando
/

Has orado. Has esperado. Has vuelto a orar.

Y nada.

No una puerta que se abre. No una señal clara. No esa voz que uno espera escuchar cuando le habla a Dios con el corazón abierto. Solo silencio. Un silencio que a veces se siente tan pesado que uno no sabe si interpretarlo como una respuesta o como un abandono.

Y en ese silencio aparece la duda. Esa duda que da vergüenza admitir porque uno siente que un buen cristiano no debería dudar. Pero aparece igual: ¿Está Dios escuchando? ¿Le importo? ¿Hay alguien del otro lado cuando oro?

Quiero hablarte de ese silencio hoy. Porque el silencio de Dios no es lo que parece.

Cuando alguien que amamos nos ignora, el silencio duele porque significa indiferencia. Significa que no le importamos. Significa que estamos solos. Y sin querer, le ponemos ese mismo significado al silencio de Dios. Sentimos que si no escuchamos una respuesta clara es porque no le importamos. Porque no nos está prestando atención. Porque estamos hablando solos.

Pero el silencio de Dios no funciona así.

Piensa en un momento en que alguien que te amaba de verdad no te dijo lo que querías escuchar. No porque no le importaras. Sino porque sabía que lo que necesitabas en ese momento no eran palabras. Era tiempo. Era proceso. Era que tú mismo llegaras a algo que no podías entender todavía.

A veces Dios calla porque está trabajando en silencio en cosas que tú no puedes ver todavía. Como un médico que opera mientras el paciente está dormido. El paciente no siente nada. No ve nada. No escucha nada. Pero el médico está ahí, trabajando con precisión, haciendo exactamente lo que necesita hacer.

Dios opera así en nuestras vidas.

La Biblia está llena de silencios de Dios. José pasó años en la cárcel sin escuchar nada. David huyó durante años del rey Saúl sin recibir una respuesta clara de cuándo terminaría ese sufrimiento. Job clamó a Dios en medio de su dolor y el cielo pareció estar cerrado por mucho tiempo.

Pero en ninguno de esos casos el silencio significó abandono.

Significó que Dios estaba haciendo algo que ellos no podían ver desde donde estaban.

«Porque el Señor no rechaza para siempre. Antes bien, aunque nos hace sufrir, también nos compadece según la abundancia de su misericordia.» — Lamentaciones 3:31-32

Hay algo más que quiero decirte.

A veces el silencio de Dios es una invitación. Una invitación a confiar no porque escuchamos Su voz, sino aunque no la escuchemos. Porque la fe más profunda no es la que cree cuando todo está claro. Es la que sigue creyendo cuando no hay señales, cuando no hay respuestas, cuando el cielo parece estar cerrado y uno sigue orando igual.

Eso no es debilidad. Eso es una de las formas más valientes de fe que existen.

Y hay algo que también es verdad: a veces Dios ya respondió y nosotros no lo vimos. Porque esperábamos la respuesta de una manera y llegó de otra. Porque esperábamos una puerta grande que se abriera de par en par y Dios puso una pequeña señal en el camino que pasamos por alto porque íbamos muy rápido o muy asustados para verla.

El silencio de Dios no es una pared. Es un espacio. Un espacio donde Él te invita a acercarte más. A confiar más profundo. A soltar el control de cómo crees que deben llegar las respuestas y abrirte a recibirlas de la manera en que Él las tiene preparadas.

No estás solo en ese silencio. Él está ahí. Trabajando. Cuidando. Preparando lo que viene.

Ora esto conmigo hoy:

«Señor, tu silencio me asusta a veces. No siempre sé si me estás escuchando. Pero hoy elijo creer que estás ahí aunque no te sienta. Que estás trabajando aunque no lo vea. Que me cuidas aunque el cielo parezca cerrado. Ayúdame a confiar en tu silencio tanto como confío en tus palabras. Amén.»

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

También te puede interesar:

COMENTARIOS EN SOMOSCRISTIANOS