El mismo Dios, revelado en Cristo.

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El mismo Dios, revelado en Cristo.
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A veces la gente mira las noticias, ve guerras y escucha declaraciones ofensivas contra Jesucristo, y se confunde. Hace poco, un líder comparó a Jesús con un conquistador como Genghis Khan, lo que provocó una fuerte reacción. Más allá de cualquier aclaración, ese tipo de comentarios toca algo muy sensible: la gran diferencia entre el camino del poder humano y el camino de Cristo.

Y ahí nace una duda real: si Israel fue el pueblo del Antiguo Testamento, si hoy gran parte del judaísmo no reconoce a Jesús como el Mesías, y si en el islam Jesús es visto como profeta pero no como el Hijo de Dios, entonces, ¿qué debemos entender? ¿Estamos viendo dos maneras distintas de conocer a Dios? ¿Un Dios antiguo de juicio y un Dios nuevo de amor? La respuesta bíblica, bien explicada, es no. El Dios de la Biblia es el mismo; lo que cambia no es su carácter, sino la claridad con la que se revela, y para nosotros esa revelación llega a su plenitud en Cristo.

Aquí está el error que comete mucha gente: pensar que el Antiguo Testamento presenta a un Dios violento y que el Nuevo Testamento presenta a un Dios amoroso. Pero si uno lee con atención, eso no es verdad. En el Antiguo Testamento también hay misericordia, paciencia, perdón y llamados al arrepentimiento. Y en el Nuevo Testamento también hay santidad, justicia, advertencia y juicio. O sea, no estamos hablando de dos dioses. Estamos hablando del mismo Dios, santo y misericordioso, que fue guiando a la humanidad paso a paso hasta mostrar su corazón de forma perfecta en Cristo.

El Antiguo Testamento nos deja ver algo que hoy casi no se quiere mencionar: Dios toma el mal en serio. No lo minimiza. No lo adorna. No le cambia el nombre. Cuando la violencia, la idolatría, la maldad y la corrupción llenaban pueblos enteros, Dios intervenía. A veces con paciencia. A veces con advertencias. A veces con juicio. Eso no significa que Dios disfrutara destruir. Significa que Dios no es indiferente al pecado. El diluvio, Sodoma, los juicios sobre naciones y los profetas llamando al arrepentimiento no muestran a un Dios cruel, sino a un Dios santo, que ve lo que el ser humano hace y no le llama “normal” a lo que destruye la vida.

Pero entonces llega la gran pregunta: ¿qué cambia con Jesucristo?

Lo que cambia no es Dios. Lo que cambia es que en Jesucristo entendemos con mayor profundidad lo que Dios siempre quiso hacer. En el Antiguo Testamento, Dios mostró que el pecado merece juicio. En el Nuevo Testamento, Dios muestra que está dispuesto a cargar Él mismo con ese juicio para abrir un camino de salvación. La cruz no cancela la justicia de Dios; la satisface. La cruz no dice que el pecado ya no importa; dice que importa tanto, que Cristo murió por él. La cruz no presenta a un Dios más blando; presenta a un Dios más profundo de lo que imaginábamos.

Por eso Jesucristo no vino solo a “hablar bonito” del amor. Vino a resolver el problema que el Antiguo Testamento venía mostrando desde hacía siglos: el corazón humano está roto. El hombre sin Dios se vuelve religioso, violento, orgulloso, dominado por el poder, ambicioso, cruel o hipócrita, aunque se vista de fe. Y eso pasó en tiempos bíblicos, pasó en los días de Jesús, y sigue pasando hoy en gobiernos, religiones, sistemas e ideologías.

Hace falta aclarar algo muy importante, porque aquí es donde muchos nos confundimos: no podemos decir que hoy las naciones “viven bajo el Antiguo Testamento”, como si todavía estuvieran caminando dentro de ese pacto que Dios hizo con Israel. Lo que realmente está pasando es otra cosa. Muchas personas, pueblos y sistemas siguen viviendo sin someterse a la revelación completa de Dios en Cristo. Algunos lo rechazan. Otros lo ven solo como un maestro. Otros lo aceptan como profeta. Y hay quienes lo usan como un simple símbolo cultural. Pero una cosa es hablar de Jesús… y otra muy distinta es rendirse a Él como Señor.

Y esto aplica también a Israel. Como nación moderna, Israel no puede confundirse automáticamente con el Israel bíblico en todo sentido espiritual. Esa confusión ha hecho mucho daño. Una cosa es el pueblo de la historia bíblica; otra es el Estado moderno; y otra es la fe personal en Jesucristo. Que una nación tenga raíces bíblicas no significa que esté caminando en obediencia al Mesías. Y eso no solo vale para Israel. También vale para cualquier país que diga tener valores cristianos pero viva en soberbia, injusticia o violencia.

Lo mismo sucede con otras religiones y con países poderosos. Hay lugares donde Jesús es respetado, pero no adorado como Hijo de Dios. Hay lugares donde su nombre se menciona, pero su señorío se rechaza. Hay lugares donde se conserva tradición religiosa, pero no hay rendición del corazón. Y ahí está una de las grandes tragedias del mundo moderno: se puede hablar mucho de Dios y al mismo tiempo vivir muy lejos de Él.

Por eso las guerras siguen. Porque el problema más profundo del ser humano nunca ha sido solo político, militar o territorial. El problema es espiritual. El hombre quiere poder sin verdad, justicia sin arrepentimiento, paz sin rendición, religión sin obediencia y bendición sin cruz. Y ese camino siempre termina igual: orgullo, división y muerte.

Jesús vino a romper precisamente con esa lógica. Mientras muchos esperaban un Mesías político, Él vino como Siervo. Mientras muchos querían fuerza visible, Él habló del reino de Dios dentro del corazón. Mientras el mundo sigue creyendo que la salvación viene por dominio, control y superioridad, Cristo enseñó que el verdadero triunfo pasa por la humildad, el arrepentimiento, la verdad y el amor sacrificial.

Por eso duele tanto cuando un líder compara a Jesucristo con un conquistador como Genghis Khan. Porque Cristo no pertenece a la categoría de los hombres poderosos que someten por la fuerza. Él no vino a aplastar naciones para exhibir poder. Él vino a vencer el pecado, la muerte y el infierno entregándose en la cruz. Ahí está la diferencia eterna entre el reino de este mundo y el reino de Dios.

Entonces, ¿qué debemos decirle hoy a la gente que está confundida?

Debemos decirle con claridad que el Dios del Antiguo Testamento y el Padre de nuestro Señor Jesucristo son el mismo Dios. No hay contradicción entre ambos. Lo que hay es una historia de revelación. En el Antiguo Testamento vemos la santidad de Dios frente al pecado. En el Nuevo Testamento vemos esa misma santidad unida a una gracia inmensa en la persona de Jesucristo. Antes se veía el juicio caer sobre pueblos rebeldes; en la cruz vemos al Hijo cargar sobre sí el juicio que nosotros merecíamos. Antes se veía que el mal no podía quedar impune; en Cristo vemos que Dios no dejó el mal impune, pero tampoco nos dejó sin esperanza.

Y también debemos decir algo más, con amor pero con firmeza: reconocer a Jesús solo como profeta, maestro, personaje histórico o símbolo moral no es lo mismo que conocerlo como Señor y Salvador. El centro del evangelio no es admirar a Jesús. Es creer en Él, rendirse a Él, obedecerlo y nacer de nuevo en Él.

De modo que, cuando veamos guerras, tensiones religiosas y líderes hablando desde el orgullo, no debemos concluir que Cristo fracasó. Más bien debemos recordar que la humanidad sigue demostrando cuánto necesita a Cristo. El caos del mundo no contradice el evangelio; lo confirma. Nos recuerda que sin el Rey verdadero, los hombres siguen peleando por tronos que no pueden sostener.

Te dejo esta reflexión para que la medites despacio: el Dios que en el Antiguo Testamento mostró que el pecado trae muerte, es el mismo Dios que en Jesucristo mostró que su amor puede traer vida. No cambió su santidad. No rebajó su justicia. No ignoró el mal. Lo enfrentó de la manera más profunda: ofreciendo a su propio Hijo para salvar al pecador. Por eso el mensaje cristiano no es “antes juicio y ahora amor”. El mensaje verdadero es este: siempre hubo santidad, siempre hubo misericordia, y en Cristo ambas brillaron con toda su fuerza.

Te invito a que me acompañes en esta oración:

Señor, en medio de tanta confusión, ayúdanos a conocerte como realmente eres. Líbranos de pensar en ti con ideas incompletas. Muéstranos que tu justicia no contradice tu amor, y que tu amor no cancela tu santidad. Enséñanos a mirar a Jesucristo no solo como un personaje admirado, sino como el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador. Y en un mundo lleno de guerras, orgullo y engaño, guarda nuestro corazón firme en tu verdad. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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