Cuando la fe duele más que la duda.

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Cuando la fe duele más que la duda.
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Nadie te advierte sobre esto cuando empiezas a creer.

Te dicen que la fe te va a dar paz. Que vas a sentir un gozo que el mundo no puede darte. Que todo va a tener sentido cuando pones tu vida en manos de Dios. Y es verdad. Pero hay algo que nadie te dice. Algo que muchos creyentes sienten pero pocos se atreven a decir en voz alta.

Que a veces la fe duele.

No la duda. La fe.

Porque la duda te deja salir. Te dice: si esto no es real, entonces no tienes que esperar nada. No tienes que confiar en nadie. No tienes que soltar nada. La duda es más fácil en cierta manera porque no te exige nada.

Pero la fe sí te exige. La fe te pide que confíes cuando no entiendes. Que esperes cuando todo en ti quiere rendirse. Que sueltes lo que más quieres cuando cada instinto tuyo dice que te aferres. Que sigas creyendo en un Dios que a veces parece estar en silencio mientras tú estás sufriendo.

Eso duele.

Y si alguna vez has sentido eso, quiero que sepas que no estás solo. Que no estás fallando. Que no hay algo malo en ti. Que lo que estás sintiendo es una de las experiencias más profundas y más honestas que existe dentro de la fe.

La Biblia está llena de personas que sintieron exactamente lo mismo.

Job era un hombre justo. Un hombre que amaba a Dios de verdad. Y perdió todo. Su familia, su salud, sus bienes. Y en medio de su dolor no fingió estar bien. Le dijo a Dios exactamente lo que sentía. Con rabia. Con lágrimas. Con preguntas que no tenían respuesta fácil. Y Dios no lo rechazó por eso. Al contrario. Al final del libro de Job, Dios le dice que Job habló lo recto delante de Él. Que su honestidad no fue una falta de fe. Fue una fe más profunda que la de los que fingían tener todo resuelto.

El rey David escribió salmos que empiezan con preguntas desgarradoras. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué te has alejado de mí? ¿Por qué olvidaste mi aflicción? Eso no es falta de fe. Eso es fe que duele. Fe que no tiene miedo de ser honesta con Dios porque sabe que Él puede con esa honestidad.

Y Jesús. Esa noche en Getsemaní. Con el alma destrozada. Con un peso que ningún ser humano ha cargado jamás. Le pidió al Padre que si era posible pasara de Él esa copa. Y en la cruz, en el momento más oscuro de la historia, gritó: ¿Por qué me has abandonado?

El Hijo de Dios conoció el dolor de la fe.

Eso cambia todo.

Porque si hasta Jesús sintió ese peso, entonces tu dolor no es señal de que tu fe está rota. Es señal de que tu fe es real. De que no estás jugando. De que lo que crees te importa tanto que duele cuando no entiendes.

La fe que nunca duele no ha sido probada todavía.

Y hay algo más que quiero decirte.

El hecho de que sigas aquí, de que sigas orando aunque duela, de que sigas buscando a Dios aunque no lo sientas cerca, eso no es debilidad. Es la forma más valiente de fe que existe. Es mucho más fácil rendirse. Es mucho más fácil decir que ya no crees y seguir con tu vida sin ese peso. Pero tú sigues. Sigues creyendo aunque duela. Sigues confiando aunque no entiendas.

Eso tiene un nombre. Se llama fe madura. Y Dios la ve aunque tú no la sientas.

No tienes que tener todo resuelto para acercarte a Dios. No tienes que llegar con una fe perfecta y sin preguntas. Puedes llegar exactamente como estás. Con tus dudas. Con tu dolor. Con tus preguntas sin respuesta. Él no se asusta de nada de eso. Al contrario. Es en esos momentos cuando más cerca está.

«El Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado y salva a los de espíritu abatido.» — Salmos 34:18

Si hoy tu fe duele. Si estás cansado de creer y no ver. Si tienes preguntas que no sabes ni cómo decir. Ora esto conmigo, con toda la honestidad que tengas:

«Señor, hoy me duele creer. No lo entiendo todo. Tengo preguntas que no sé cómo hacerte. Pero aquí estoy. Todavía aquí. Todavía buscándote aunque no te sienta cerca. Sostenme tú, porque yo solo no puedo. Y recuérdame que mi fe imperfecta y rota también es suficiente para ti. Amén.»

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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