Cuando Jesús confronta a la iglesia: una reflexión basada en Mateo 23.

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Hay personas que siguen creyendo en Dios, pero ya no saben qué hacer con la iglesia. No porque se hayan vuelto frías, ni porque hayan perdido la fe, sino porque se cansaron. Cansadas de aparentar, de cumplir expectativas ajenas, de sentirse observadas más que acompañadas. Cansadas de escuchar mensajes correctos con tonos que no sanan. Cansadas de cargar culpas que nunca fueron suyas.

Mateo 23 nace justo ahí. Nace como un grito del corazón de Jesús frente a una fe que se había vuelto pesada, rígida, lejana de la gente real. Jesús lo dice sin rodeos: “Dicen, y no hacen”. No como una frase teológica, sino como una denuncia al alma de un sistema que perdió coherencia.

Jesús no está hablando de pecadores comunes. No está confrontando al que lucha, al que cae, al que duda. Está hablando de líderes, de estructuras, de sistemas religiosos que aprendieron a decir las palabras correctas, pero olvidaron cómo vivirlas. Gente que sabía enseñar, pero ya no sabía amar. Que sabía corregir, pero ya no sabía cuidar.

Jesús dice, con una honestidad que incomoda, que hay quienes hablan mucho, pero no viven lo que dicen. Y eso no es un problema de conocimiento, es un problema de coherencia. Porque cuando la fe se vuelve discurso sin vida, la gente lo siente. Siempre lo siente. El corazón humano reconoce cuando algo no es auténtico.

Hay iglesias donde seguir a Dios se siente como una carga más, no como un descanso. Donde la fe no alivia, sino que presiona. Donde en lugar de ayudarte a sanar, te recuerdan constantemente todo lo que te falta. Donde servir se vuelve obligación, y no respuesta de amor. Donde decir “no estoy bien” se siente peligroso. Jesús lo describe así: “Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres”. Y eso sigue pasando.

Y ese peso no solo cae sobre adultos cansados. También ha caído, sin querer, sobre familias enteras. Hay hijos que crecieron viendo a sus padres siempre ocupados “en la obra”, siempre corriendo para cumplir con la iglesia, pero ausentes en casa. No porque no amaran a Dios, sino porque nunca aprendieron a poner límites sanos. Con el tiempo, esos hijos asociaron la fe con abandono, con presión, con una iglesia que siempre estaba primero y ellos siempre después. Hoy muchos ya son adultos, y no es que odien a Dios… es que no quieren saber nada de la iglesia, porque ahí aprendieron a sentirse en segundo plano. A veces, sin darnos cuenta, confundimos servir a Dios con descuidar lo que Dios nos confió primero.

Jesús ve eso y no lo justifica. No dice “así es el liderazgo” o “así funciona el orden espiritual”. Lo confronta. Porque Dios nunca diseñó la fe para aplastar a la gente. La diseñó para levantarla.

Hay algo profundamente actual cuando Jesús habla de una fe que vive de apariencias. Una fe que necesita verse bien. Hoy no se trata solo de túnicas y lugares de honor. Hoy se trata de imagen, de plataformas, de reputación. De líderes que ya no pueden mostrarse vulnerables porque “pierden autoridad”. De iglesias más preocupadas por mantener una marca que por sanar corazones.
Líderes preocupados porque sus fotos aparezcan grandes, bonitas y bien posicionadas en las redes sociales, en el sitio web de la iglesia o en anuncios espectaculares, buscando que se les vea más a ellos que a Cristo, la piedra angular de la iglesia. Y, desafortunadamente, también miembros —ovejas— que los aplauden, los defienden y los siguen ciegamente, olvidando que ese líder es solo un hombre en quien no se debe confiar por encima de Dios. Porque si las ovejas dejaran de idolatrar líderes, muchos de esos liderazgos no existirían de esa forma. Por eso es tan importante leer la Biblia, conocer la verdad y estar preparados, para que el Espíritu Santo nos dé discernimiento y podamos distinguir entre un buen líder y uno que solo busca su propia gloria.

Jesús lo resume con una frase que atraviesa generaciones: “Todo lo hacen para ser vistos por los hombres”. Y cuando la fe se convierte en espectáculo, deja de ser refugio.

Y no se trata de atacar ministerios, ni de condenar estructuras. Se trata de hacer una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos cuidando personas o estamos cuidando sistemas?

Jesús habla de lo externo limpio y lo interno descuidado. De una espiritualidad que se ve correcta, pero por dentro está agotada, vacía, sin compasión. “Por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía”. Eso pasa cuando se cuida más el orden que a la gente. Cuando se protege más la reputación que la verdad. Cuando es más importante tener razón que tener misericordia.

Hay una parte de Mateo 23 que duele especialmente hoy: cuando Jesús dice que se concentran en detalles pequeños, pero olvidan lo más importante. La justicia, la misericordia y la fe. Es como si dijera: pueden hacerlo todo bien… y aun así estar perdiendo el corazón.

Hoy discutimos formas, estilos, métodos, reglas. Mientras se nos escapa el que está deprimido, el que fue herido, el que se está apagando por dentro. Podemos tener doctrina correcta y aun así estar dejando gente atrás.

Y lo más fuerte es cómo termina todo esto. Jesús no termina satisfecho. No termina orgulloso de haber confrontado. Termina llorando. “Cuántas veces quise juntarlos… y no quisiste”. No es un reclamo frío, es un lamento. Dice que quiso cuidar, cubrir, proteger… pero no lo dejaron.

Eso revela algo hermoso y doloroso al mismo tiempo: Jesús no disfruta exhibir errores. Jesús sufre cuando la religión hiere. Le duele cuando la gente se aleja pensando que Dios fue el que los rechazó, cuando en realidad fue un sistema mal usado.

Si eres líder, esta reflexión no es para señalarte, sino para invitarte a volver al corazón. A recordar que antes de ser guía, eres oveja. Que antes de corregir, eres humano. Que la autoridad espiritual no se sostiene con dureza, sino con coherencia y humildad. Porque Jesús fue claro: “El que quiera ser el primero, sea vuestro servidor”.

Si has sido herido por la iglesia, esto también es para ti. Para recordarte que Dios no es como te lo mostraron. Que Jesús nunca fue duro con el cansado, con el confundido, con el quebrantado. Fue firme con la religión que aplasta, pero tierno con la gente que lucha.

Te dejo esta reflexión, despacio, sin prisa: una fe que no sabe amar termina alejando. Y una iglesia que no sabe escuchar termina vacía, aunque esté llena.

Te invito a que me acompañes en esta oración, desde lo más honesto del corazón.

Señor, sana lo que la religión dañó. Devuélvenos una fe que abrace, no que aplaste. Si hemos herido, enséñanos a pedir perdón. Si hemos sido heridos, recuérdanos que Tú no eres así. Haznos más humanos, más humildes, más reales, y que nunca usemos Tu nombre para lastimar a nadie. Amén.

En Somos Cristianos, conectamos corazones con Cristo.

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