Tal vez esto que voy a decirte no es complicado, pero sí urgente. Quédate un momento y léelo con calma, porque a muchos se nos está apagando algo sin darnos cuenta.
Nunca dejes de besar a tu esposa.
Nunca dejes de amarla con hechos, no solo con palabras.
Nunca dejes de hacerle cariños.
Nunca dejes que el fuego se apague.
No es poesía barata. Es una verdad que se está perdiendo en muchos hogares.
Con el paso del tiempo, el trabajo, las preocupaciones, los hijos, las deudas, el cansancio… el matrimonio corre el riesgo de volverse rutina. Y sin darnos cuenta, la esposa deja de ser esposa y pasa a ser solo “la compañera”, “la amiga”, “la mamá de mis hijos”. Y no. Eso no es lo que Dios diseñó.
La Palabra de Dios es clara cuando dice:
“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.”
(Efesios 5:31)
Una sola carne no es solo vivir bajo el mismo techo. Es intimidad, cercanía, deseo, cuidado, ternura, complicidad. Es mirarla y seguir viéndola como la mujer que elegiste, no como parte del paisaje.
Dios nunca pensó que el matrimonio fuera frío, distante o mecánico. Al contrario. Mira lo que dice Proverbios:
“Sea bendita tu fuente,
y alégrate con la mujer de tu juventud…
Sus caricias te satisfagan en todo tiempo.”
(Proverbios 5:18-19)
Sí, la Biblia habla de caricias. Habla de gozo. Habla de placer dentro del matrimonio. Porque el amor conyugal no es pecado; es un regalo de Dios.
Por eso es tan importante no dejar de motivarla. Dile que se ve bonita. Dile lo que te gusta de ella. Dile cómo te gusta verla como mujer. Dile que te gustan sus besos, sus caricias, su forma de abrazarte, su feminidad, su presencia. No asumas que “ya lo sabe”. Las palabras también alimentan el amor y mantienen vivo el fuego.
Muchas mujeres se apagan por dentro no porque dejaron de amar, sino porque dejaron de sentirse deseadas, vistas, valoradas. Y muchas veces no es por infidelidad, sino por indiferencia.
La Escritura también nos confronta directamente como esposos:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella.”
(Efesios 5:25)
Cristo no ama a la iglesia a medias. No la ignora. No la da por sentada. No la hiere con frialdad. La cuida, la protege, la busca, la restaura. Ese es el modelo.
Y aquí entra algo que muchos evitan decir, pero la Biblia no lo censura: dile cómo te gusta verla como mujer. Dile que te gusta su sonrisa, su cuerpo, la forma en que camina, la manera en que te besa, cómo te hace sentir cuando está cerca. Gózate con ella. Admírala. Disfruta su cercanía, su piel, sus caricias, su feminidad. Hazle saber que te atrae, que la deseas, que sigue siendo hermosa para ti. La intimidad no empieza en la cama; empieza en la mirada, en la palabra, en el cuidado diario. Y la Palabra lo dice sin rodeos:
“Alégrate con la mujer de tu juventud… y en su amor recréate siempre.”
(Proverbios 5:18-19)
Y recuerda algo muy importante: tú eres el hombre. Tú das el primer paso. Tú eres el sacerdote del hogar, el responsable espiritual, el proveedor, el que marca el rumbo. No esperes a que ella “inicie”. El amor verdadero se lidera. Inicia el abrazo. Inicia el beso. Inicia la palabra de afirmación. Inicia la restauración del fuego. Dios te dio esa responsabilidad, no para dominar, sino para amar, cuidar y proteger. Cuando el hombre ama como Cristo, el matrimonio florece.
En estas épocas modernas hay una verdad incómoda que muchos no quieren aceptar: una gran parte de los divorcios no comienzan con una infidelidad, sino con el enfriamiento del deseo. El hombre y la mujer dejan de verse como atracción, como esposo y esposa, y empiezan a verse solo como compañeros de lucha, de trabajo, de responsabilidades. Y cuando se apaga el deseo, se apaga también una parte esencial del matrimonio. Dios diseñó el matrimonio y también diseñó el sexo dentro de él. Cuando la Biblia habla de “una sola carne”, no está hablando solo de lo emocional o lo espiritual, también habla de la unión física. El fuego no se mantiene solo; se cuida. Se habla. Se comunica. Si hay algo que anhelas de tu esposa, díselo con amor. Si hay algo que necesitas expresar, exprésalo con respeto. Mantén la comunicación abierta. No permitas que el silencio, la rutina o el cansancio maten lo que Dios creó para ser disfrutado. Porque es triste cuando un hombre deja de desear a su esposa, cuando deja de verla con los ojos con los que Dios quiso que la viera.
Y hay algo más que la Palabra nos deja claro, aunque no siempre lo decimos así: cuando el amor y la intimidad se cuidan como Dios manda, el corazón encuentra descanso. No porque desaparezcan los problemas, sino porque el matrimonio se vuelve un refugio. Dios promete bendición donde Su diseño es honrado. Cuando el esposo ve a su esposa como mujer, y se goza en ella con gratitud y fidelidad, aun en medio de pruebas, el alma se fortalece. “Mejores son dos que uno… porque si uno cae, el otro lo levanta.” (Eclesiastés 4:9-10). Dios es quien sostiene ese gozo, no las circunstancias.
Antes de cerrar, te dejo esta reflexión, de esas que vale la pena hacer en silencio:
¿Estoy tratando a mi esposa como un regalo de Dios… o como algo que ya doy por hecho?
Te invito a que me acompañes en esta oración.
Señor, enséñame a amar como Tú amas.
A no enfriar mi corazón.
A cuidar, valorar y honrar a la mujer que pusiste a mi lado.
Renueva en nosotros el amor, la ternura y el deseo sano.
Que nuestro matrimonio te glorifique
y sea un reflejo de Tu gracia.
Amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




