Una vida fue arrebatada.
Una mujer llamada Renee Nicole Good murió a manos de un agente de ICE, sumándose a una dolorosa lista de personas que han perdido la vida en manos de esta agencia desde que comenzaron las redadas inmigratorias. Era madre, era hija, era ser humano. No fue un número, no fue un “daño colateral”. Fue una persona creada a imagen de Dios, y su muerte nos obliga a detenernos y reflexionar como cristianos, mientras muchos líderes cristianos optan por guardar silencio ante esta injusticia.
Hoy no escribo para señalar partidos ni para alimentar divisiones. Escribo para llamar al corazón, para hacernos una pregunta incómoda pero necesaria delante de Dios:
¿A quién estamos siguiendo realmente?
Hay momentos en los que la fe no se pone a prueba por persecución directa, sino por algo más sutil: el silencio, la comodidad y la lealtad mal colocada. Momentos en los que, como cristianos, tenemos que decidir si seguimos a Cristo con todo lo que eso implica, o si seguimos a hombres y sistemas cuando coinciden con nuestras ideas, aun cuando eso nos lleve a justificar lo injustificable.
Lo que ocurrió no es solo un hecho aislado. Es un espejo que revela dónde está nuestra fe, nuestra voz y nuestra conciencia. Y frente a eso, no podemos seguir igual. La Palabra de Dios nos llama a examinarnos, a reflexionar con seriedad y a volver al centro de todo: Jesucristo.
Y es importante decirlo con claridad: no se trata solo de una persona, ni de un solo caso. En los últimos años, otras vidas también se han perdido en operativos y acciones relacionadas con ICE, como Silverio Villegas González, Jaime Alanis García, Roberto Carlos Montoya Valdez y Josué Castro Rivera, entre muchos otros. Todos ellos eran hijos, padres, trabajadores, seres humanos creados a imagen de Dios. Sus vidas valen lo mismo delante del Señor, sin importar su origen, su estatus migratorio o su nacionalidad.
Me he dado cuenta de algo que duele decir, pero que no podemos seguir ignorando: muchos líderes cristianos y muchos miembros de iglesias siguen ciegamente a un hombre. No importa lo que haga. Si hace algo que consideran “bueno”, lo aplauden, lo defienden y lo exaltan. Pero cuando hace algo injusto, cuando hay abuso, cuando hay muerte… guardan silencio.
Frente a estas muertes, el presidente salió a defender al sistema y a los agentes involucrados, aun cuando existen videos claros que muestran un abuso de poder. Lejos de exigir justicia o rendición de cuentas, se justificó lo ocurrido, y muchos líderes cristianos guardan silencio, aun cuando antes lo apoyaban públicamente desde el púlpito.
Y ese silencio también habla.
Algunos preguntan: “¿Y cómo sabes que ellos no están orando en privado?” Y es cierto, la oración personal es real y necesaria. Jesús mismo habló de orar en secreto. Pero la misma Palabra nos enseña que hay momentos en los que la fe también se expresa públicamente, no para presumir espiritualidad, sino para dar testimonio, corregir el silencio y afirmar lo que es justo. En la Biblia vemos cómo los profetas hablaron en público, cómo Jesús confrontó injusticias abiertamente y cómo los apóstoles levantaron la voz cuando el silencio podía confundirse con aprobación. A veces, callar públicamente ante la injusticia no edifica, sino que confunde; y como cristianos, estamos llamados no solo a orar, sino también a dar fruto visible de esa oración.
La Biblia nunca nos llamó a seguir a los gobiernos de manera ciega. Sí, nos llama a respetar la autoridad, a orar por quienes gobiernan, a no vivir en rebeldía. El apóstol Pablo lo enseña claramente en Romanos: la autoridad existe porque Dios la ha permitido. Pero respetar la autoridad no significa justificar la injusticia, ni cerrar los ojos ante la muerte del inocente, ni poner a un hombre en el lugar que solo le pertenece a Cristo.
Al mismo tiempo, como cristianos estamos llamados a orar por el gobierno, a pedirle a Dios que les dé sabiduría, justicia y temor de Él, para que hagan lo correcto y se aparten de todo abuso y maldad. Orar no es aprobar lo incorrecto; es clamar para que Dios enderece lo torcido. Y en una nación como Estados Unidos, también tenemos el derecho constitucional de expresarnos libremente y de manera pacífica, alzando la voz con respeto y verdad, sin violencia, sin odio y sin perder el carácter de Cristo.
Y la misma Escritura nos muestra que Dios nunca ha guardado silencio frente a la injusticia, ni siquiera cuando viene de alguien en el poder.
Cuando el rey Saúl, ungido por Dios, desobedeció deliberadamente al Señor y usó su autoridad para su propio beneficio, Dios no lo encubrió. Envió al profeta Samuel para confrontarlo públicamente y le quitó el reino. Más adelante, cuando el rey David pecó gravemente al mandar matar a Urías para quedarse con Betsabé, Dios no dijo: “es el rey, hay que respetarlo”. Envió al profeta Natán, expuso el pecado y llamó al arrepentimiento.
Si el propio Dios, Rey de los ejércitos, confrontó a reyes cuando hubo injusticia, ¿quiénes somos nosotros para callar cuando la vida del inocente es pisoteada?
Nuestro modelo no es un presidente.
Nuestro ejemplo no es un partido.
Nuestro estándar no es una ideología.
Nuestro estándar es Jesucristo.
Jesús no se quedó callado frente al abuso.
Jesús no justificó la violencia.
Jesús no defendió sistemas que oprimían al débil.
Seguir a Cristo también significa tener el valor de hablar cuando algo está mal, aunque incomode, aunque nos critiquen, aunque venga del “lado” con el que simpatizamos. El silencio ante la injusticia no es neutralidad; muchas veces es complicidad.
Y algo más que no podemos ignorar: así como muchos levantan la voz, oran y se duelen cuando muere una figura pública conocida, con la misma humanidad, con la misma compasión y con el mismo valor debemos hablar cuando mueren personas que el sistema considera invisibles, pero que para Dios tienen un nombre, una historia y un valor eterno.
Hoy más que nunca necesitamos recordar esto: no justificamos a hombres, justificamos a Cristo. No defendemos poder, defendemos la verdad. No adoramos gobiernos, adoramos a Jesús.
Te dejo esta reflexión, con el corazón abierto:
¿A quién estás siguiendo realmente?
¿A la voz de Dios… o a la voz de los hombres?
Y antes de terminar, te invito a que me acompañes en esta oración:
Señor, hoy ponemos delante de Ti a todos los que han muerto injustamente en manos del gobierno: Renee Nicole Good, Silverio Villegas González, Jaime Alanis García, Roberto Carlos Montoya Valdez, Josué Castro Rivera, y tantos otros cuyos nombres Tú conoces. Te pedimos consuelo para sus familias, justicia donde ha habido abuso, verdad donde ha habido silencio, y un corazón sensible dentro de tu iglesia. Enséñanos a seguirte solo a Ti, con valentía, con amor y con fidelidad. En el nombre de Jesús, amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




