Cuando la falta de intimidad pone en riesgo el matrimonio, segĂșn la Biblia.

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La mayoría de los matrimonios no se rompen de golpe. No es una discusión fuerte, ni una traición repentina. Muchas veces se rompen despacio
 cuando dejan de tocarse, cuando dejan de buscarse, cuando la cama se vuelve solo un lugar para dormir.

La falta de intimidad no siempre empieza por falta de deseo. A veces empieza por cansancio. O por heridas que nunca se hablaron. Por palabras que dolieron y nunca sanaron. Por estrés, rutina, preocupaciones, responsabilidades, hijos, trabajo
 y un largo etcétera.

Y sin darse cuenta, el matrimonio entra en una etapa peligrosa: siguen juntos, pero ya no estĂĄn unidos.

A veces no se trata de grandes cosas. A veces solo basta con un beso que ya no se da, una caricia que se dejó de buscar. Muchos matrimonios empiezan a enfriarse cuando ni siquiera se tocan, cuando ya no hay abrazos, cuando el saludo y la despedida se vuelven automáticos. Besos rápidos, de compromiso, besos “de pico” que ya no comunican amor ni cercanía. Poco a poco se instala la rutina, y lo que antes era ternura se vuelve costumbre
 y la costumbre, distancia.

La Biblia no ignora esta realidad humana. El apóstol Pablo habla del tema con una claridad sorprendente, pero también con mucho amor. Dice:

“No se nieguen el uno al otro, a no ser por algĂșn tiempo de mutuo consentimiento, para dedicarse a la oraciĂłn; y vuelvan a juntarse en uno, para que SatanĂĄs no los tiente a causa de su debilidad.”
1 Corintios 7:5

Pablo no está promoviendo una obligación fría ni una presión espiritual. Está cuidando el corazón del matrimonio. Él entiende algo muy real: cuando la intimidad desaparece por mucho tiempo, no solo se afecta el cuerpo
 se empieza a enfriar el vínculo, la complicidad, la cercanía emocional.

La falta prolongada de intimidad puede sembrar cosas que nadie planeĂł:
– Sensación de rechazo
– Tristeza silenciosa
– Frustración que no se expresa
– Tentaciones que antes no estaban
– Comparaciones
– Soledad, aun estando casados

Y eso no significa que el matrimonio esté perdido. Significa que necesita atención, conversación, sanidad y ternura.

Aquí viene una exhortación necesaria y honesta: los dos deben buscar volver a encender el fuego que un día los unió. No esperar a que el otro lo haga primero. Cada quien debe poner de su parte. El hombre, tomando el papel de iniciador, buscando, acercåndose, expresando deseo y cuidado. La mujer, reconectando con su belleza, arreglåndose no por obligación, sino como un lenguaje de amor, buscando la atención de su esposo, seduciéndolo de nuevo. No desde la presión, sino desde el amor que quiere volver a encontrarse. El fuego no se mantiene solo; se cuida, se aviva y se protege entre los dos.

Por eso Pablo hace una advertencia amorosa: si van a abstenerse, que sea por acuerdo, con un propĂłsito espiritual, y por un tiempo corto. No porque Dios sea duro, sino porque conoce nuestra fragilidad. El enemigo no entra siempre con escĂĄndalo; muchas veces entra por la distancia no atendida.

La intimidad no es solo sexo. Es sentirse deseado. Es sentirse buscado. Es saber que el otro todavía te elige. Es una forma profunda de decir: “sigo aquí contigo”.

Cuando esa intimidad se pierde por mucho tiempo, el matrimonio no solo se enfría
 se vuelve vulnerable.

Muchos divorcios no empiezan con infidelidad, sino con desconexión. Con dos personas que dejaron de tocarse, de hablarse, de mirarse con cariño. Y poco a poco, el amor se volvió costumbre.

Te dejo esta reflexiĂłn con mucho respeto y sin juicio:
¿La falta de intimidad en tu matrimonio es una etapa que están enfrentando juntos
 o un silencio que han dejado crecer sin hablarlo?

Dios no quiere señalar, quiere restaurar. No quiere acusar, quiere sanar. No quiere imponer, quiere volver a unir lo que se ha ido separando con el tiempo.

Te invito a que me acompañes en esta oración.

Señor,
TĂș conoces nuestro matrimonio mejor que nadie.
Sabes dĂłnde nos hemos distanciado,
dĂłnde nos hemos lastimado
y dĂłnde hemos dejado de buscarnos.
Sana lo que se ha enfriado,
restaura lo que se ha roto en silencio
y enséñanos a volver a acercarnos con amor, paciencia y verdad.
Guarda nuestro hogar y protégelo del enemigo.
Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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