Cuando el bien y el mal crecen juntos.

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Cuando el bien y el mal crecen juntos.
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Jesús contó una historia sencilla, pero incómoda. Dijo que el Reino de los cielos es como un campo donde un hombre sembró buena semilla. Todo iba bien… hasta que, de noche, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Cuando las plantas crecieron, los siervos se dieron cuenta del problema y fueron con el dueño, preocupados, casi indignados.

Entonces Jesús pone en boca del dueño una respuesta que descoloca a cualquiera:

“No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha.”
(Mateo 13:29–30)

Y aquí es donde la parábola deja de ser una historia agrícola y se vuelve profundamente personal.

En la vida real, la cizaña no siempre se ve tan clara. A veces es una persona que nos lastima, alguien hipócrita, alguien que dice creer pero actúa de otra manera. Otras veces, si somos honestos, la cizaña también aparece dentro de nosotros: actitudes, pensamientos, heridas no sanadas, decisiones torcidas que conviven con cosas buenas que Dios sí ha sembrado.

Nuestra reacción natural es querer arrancar todo de inmediato. Cortar relaciones. Juzgar. Señalar. Separar. “Esto es bueno, esto es malo, fuera lo malo ya”. Los siervos pensaban igual. Pero el dueño del campo ve algo que ellos no ven: el riesgo de destruir lo bueno en el intento de eliminar lo malo.

Más adelante, Jesús explica el significado de la parábola. Dice que el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino, la cizaña son los hijos del mal, y que habrá un tiempo de cosecha donde Dios mismo hará la separación justa. No nosotros.

Eso tiene una aplicación muy concreta y muy dura para la vida diaria.

Primero, nos recuerda que vivimos en un mundo mezclado. No ideal, no perfecto. La iglesia no es un museo de santos; es un campo donde crecen personas en distintos procesos. La familia, el trabajo, incluso nuestro propio corazón, es ese campo donde conviven trigo y cizaña.

Segundo, nos confronta con nuestra prisa por juzgar. Muchas veces queremos hacer de jueces cuando apenas somos sembradores. Dios no nos pidió arrancar, nos pidió amar, cuidar, perseverar y confiar en que Él ve más allá de lo que nosotros vemos.

Tercero, nos da paz. Porque hay cosas que hoy no entendemos: injusticias que parecen quedarse impunes, personas que hacen daño y siguen ahí. La parábola no niega la justicia; la pone en el tiempo correcto y en las manos correctas. Dios no ignora la cizaña, solo sabe cuándo y cómo tratarla.

En la vida real, esta parábola nos invita a algo muy humano y muy difícil: aprender a convivir sin perder el corazón, a crecer sin amargarnos, a no permitir que la cizaña nos haga olvidar que también hay trigo creciendo.

Tal vez hoy estás rodeado de situaciones que no entiendes. Personas que te confunden. Circunstancias donde lo bueno y lo malo están mezclados. Jesús no te dice “arráncalo todo”. Te dice “confía, sigue creciendo, yo me encargo del final”.

Te dejo esta reflexión: a veces Dios no cambia el campo de inmediato porque está más interesado en que el trigo madure que en que la cizaña desaparezca.

Te invito a que me acompañes en esta oración.

Señor, tú conoces mi corazón y conoces el campo donde estoy sembrado. Dame paciencia cuando quiero juzgar, sabiduría cuando no entiendo y paz para confiar en que tú estás obrando aun cuando todo parece mezclado. Ayúdame a crecer como trigo, sin permitir que la cizaña me robe la fe ni el amor. Amén.

Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.

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