A veces me he encontrado con personas que crecieron en iglesias donde hablar en lenguas era algo normal, tan común como cantar o levantar las manos. Y también he conocido lo contrario: cristianos que sienten desconfianza, que piensan que ese don ya no existe o que todo es emocionalismo. Y en medio de esas dos posturas, una persona común —como tú o como yo— puede quedarse pensando: ¿Qué dice realmente la Biblia? ¿Es algo válido hoy? ¿Es para todos? ¿Cómo sé si es genuino?
Esa mezcla de dudas y curiosidad es más común de lo que pensamos, y por eso vale la pena hablarlo con calma, sin miedo y sin sensacionalismo.
Cuando yo llegué por primera vez a una congregación pentecostal, recuerdo que me impresionó ver a varias personas orando en lenguas. No entendía nada, pero tampoco sentí rechazo; más bien me entró una especie de inquietud buena, como un deseo de investigar, de comprobar si eso realmente venía de Dios. Esa sensación me acompañó por meses hasta que fui abriendo la Biblia y comparando lo que veía con lo que estaba escrito. Con el tiempo entendí que hablar en lenguas no es un espectáculo ni una señal para impresionar a nadie; es un don. Y como todo don, viene del Espíritu Santo… y tiene un propósito.
La Biblia dice claramente que hablar en lenguas existe. No es una idea moderna ni una ocurrencia de ciertas iglesias. Está en Hechos, en las cartas de Pablo y en las enseñanzas de Jesús. Lo primero que vemos es en Hechos 2, cuando el Espíritu Santo viene sobre los discípulos, y ellos comienzan a hablar en idiomas que no conocían. La gente los escuchaba y entendía en su propia lengua. Ese momento no fue emoción; fue un milagro con propósito: anunciar el evangelio. Desde ahí la Biblia muestra que hablar en lenguas tiene un orden, una razón y un marco espiritual.
Algo que a veces se confunde es la diferencia entre el don de lenguas para la iglesia y la oración en lenguas en lo íntimo. Pablo habla de ambas. Cuando el don se usa dentro de la congregación debe haber interpretación para que todos sean edificados. Pero cuando alguien ora en lenguas en privado, la Biblia dice que edifica su propio espíritu. Lo dice en 1 Corintios 14:4: “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica.” Eso ya nos muestra algo interesante: Dios no da dones sin sentido. Si existe, es porque hace bien, aunque a veces ese bien no sea visible para los demás.
A lo largo de los años he escuchado testimonios de personas que, en momentos de crisis profunda, han orado en lenguas cuando ya no tenían palabras. No entendían lo que decían, pero sentían una paz y una fortaleza que no podían explicar. Y cuando veo eso a la luz de la Escritura, me recuerda lo que dice Romanos 8:26: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad… el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” Hay algo del Espíritu que va más allá de nuestro vocabulario limitado. Cuando se acaba la fuerza, Él ora a través de nosotros.
No todos hablan en lenguas. Pablo lo deja clarísimo. En 1 Corintios 12:30 pregunta: “¿Hablan todos en lenguas?” Y la respuesta implícita es no. A veces los cristianos nos presionamos entre nosotros, como si hablar en lenguas fuera la prueba máxima de espiritualidad. Pero eso no es bíblico. La mayor evidencia de que alguien tiene al Espíritu Santo no es hablar en lenguas; es dar fruto, como dice Gálatas 5:22: amor, paz, paciencia, gozo, dominio propio. Si hablamos en lenguas pero no amamos, estamos vacíos.
También he conocido personas que tienen miedo del tema porque piensan que es algo extraño o fuera de control. Pero la Biblia dice todo lo contrario. Pablo afirma: “El espíritu del profeta está sujeto al profeta” (1 Corintios 14:32). Eso significa que el Espíritu Santo no te quita la voluntad ni te descontrola. No es una pérdida de conciencia, no es un trance. Es un don que opera con orden y paz. Dios no hace nada que vaya contra la naturaleza de quien Él es: “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33).
Algo que he aprendido con el tiempo es que hablar en lenguas es hermoso… pero no es obligatorio. Quien lo recibe no es superior, y quien no lo recibe no está incompleto. Es como tener diferentes herramientas para servir a Dios. Algunos predican, otros enseñan, otros oran con autoridad, otros tienen misericordia especial. El Espíritu reparte como Él quiere. Y lo hace con sabiduría perfecta. No hay cristianos “de segunda” porque Dios no reparte dones por favoritismo.
A veces he visto iglesias donde se abusa del don, y eso también hace daño. Cuando se convierte en show o presión, termina alejando a la gente. Pero ese mal uso no cancela el diseño original de Dios. Así como existen predicadores que distorsionan la Palabra y aun así sigue siendo la Palabra de Dios, también hay quienes usan mal los dones… y aun así los dones siguen siendo dones verdaderos. La respuesta no es rechazarlos, sino entenderlos bíblicamente.
Una parte que me encanta de la enseñanza de Pablo es cuando dice: “Desearía que todos hablaran en lenguas, pero más que profetizaran…” (1 Corintios 14:5). Ahí Pablo deja ver su corazón. No lo prohíbe, no lo ridiculiza, no lo exagera. Simplemente lo ubica en el orden correcto: es bueno, es útil, es real… pero no es el centro del evangelio. El centro siempre es Cristo. Si un don te acerca más a Cristo, es de bendición. Si te distrae o te hace sentir superior, entonces perdiste el enfoque.
Una de las escenas más fuertes que he visto fue una mujer orando en silencio, con lágrimas, mientras movía apenas sus labios. Después me dijo que estaba orando en lenguas, pero no hacia afuera, sino en su corazón. Y entendí que hablar en lenguas no siempre es algo ruidoso o emocional. A veces es profundo, íntimo, casi imperceptible para los demás, pero muy vivo en el espíritu. Esa experiencia me ayudó a respetar más la diversidad con la que Dios trabaja en cada uno.
Algo que también me gusta recordar es que los dones no se buscan para sentirnos especiales, sino para edificar. Pablo lo repite muchas veces: “Busquen los dones espirituales, pero sobre todo que profeticen… para edificación.” Si hablar en lenguas te acerca más a Dios, te ayuda en la oración o te fortalece en tiempos difíciles, entonces es bueno. Pero si se convierte en competencia espiritual, en orgullo o en confusión, entonces no se está usando como Dios lo diseñó.
He aprendido que lo más sano es orarle al Señor con honestidad: “Si este don es para mí, dámelo. Si no, dame contentamiento y ayúdame a usar los dones que sí me diste.” Dios no falla en su distribución. Él sabe lo que necesitas para cumplir tu propósito. Y si decide darte el don de lenguas, úsalo con humildad. Si no lo hace, no pienses ni por un segundo que estás menos equipado. Todos somos parte del cuerpo, y cada parte tiene una función indispensable.
A veces me pregunto si el problema no es el don, sino el miedo a lo que no entendemos. Y ahí me acuerdo de algo que Jesús dijo en Lucas 11:13: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.” Él no te dará algo falso. No te dará algo que dañe tu fe. Si viene de Él, es bueno. Y si no viene de Él, simplemente no pasará. Esa es la seguridad más grande.
Y mientras más leo la Biblia, más entiendo que hablar en lenguas no se trata de “parecer espiritual”, sino de permitir que el Espíritu ore, interceda, fortalezca y edifique. Es un regalo, no un requisito. Es una herramienta, no un sello de superioridad. Es algo que Dios sigue usando hoy, de formas variadas y con propósitos distintos. Y al final, todo lo que viene del Espíritu apunta siempre hacia Jesús.
Antes de terminar, quiero dejarte esta reflexión…
A veces discutimos tanto sobre los dones que se nos olvida lo esencial: buscar a Dios con un corazón humilde. Los dones no son el fin; son medios que Dios usa para acercarnos más a Él. Si un don te lleva a amar más, perdonar más, orar más, servir más… entonces está cumpliendo su propósito. Si te aleja, te infla el ego o te distrae, entonces necesitas volver a mirar a Cristo. El Espíritu Santo nunca te llevará a un lugar donde Jesús no sea el centro.
Te invito a unirte conmigo en esta oración…
Señor, danos sensibilidad para entender Tu Palabra y humildad para recibir lo que Tú quieras darnos. Quita de nosotros el miedo, la soberbia y la confusión. Llénanos del Espíritu Santo y ayúdanos a usar cada don con amor y sabiduría. Que todo lo que hagamos apunte a Cristo, y que nuestras vidas sean guiadas por Tu paz. Amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




