En estos días, al ver las noticias, uno no sabe qué sentir. Por un lado, escuchamos que Israel es el pueblo escogido por Dios, que Él prometió bendecir a quien lo bendiga. Pero por otro lado, vemos imágenes que nos rompen el corazón: niños que han perdido la vida, familias destruidas, gente sin comida, ciudades en ruinas.
Y si soy honesto… eso también duele por dentro. Confunde. Hace que uno se quede en silencio, con miedo de decir algo incorrecto delante de Dios.
Tal vez tú también lo has sentido.
Desde pequeños, muchos aprendimos a ver a Israel como un pueblo especial en la historia de Dios, protegido, guiado y sostenido por Él, bajo promesas que hablaban de bendición para quienes se alinearan con su propósito.
Y eso está en la Biblia. Es real.
Pero también es importante entender algo con cuidado y con amor…
esa frase muchas veces se ha usado de manera incompleta, como si significara que debemos aprobar todo sin cuestionar. Sin embargo, en su contexto original (Génesis 12:3), Dios le estaba hablando a Abraham dentro de un pacto específico, prometiendo bendición a través de él para todas las naciones. Bendecir, a la luz de toda la Escritura, no es aplaudir todo lo que alguien hace, sino alinearse con el corazón de Dios, que incluye justicia, misericordia y verdad.
La misma Biblia muestra que incluso dentro del pueblo escogido hubo corrección, confrontación y llamado al arrepentimiento. Y en el Nuevo Testamento vemos que las promesas alcanzan su cumplimiento en Cristo, extendiendo la bendición a todas las naciones sin borrar la fidelidad de Dios a sus planes (Gálatas 3:16, 3:28-29; Romanos 11). Por eso, usar esa frase para justificar cualquier acción sin discernimiento puede llevar a confusión.
Pero por otro lado… estás viendo imágenes que no puedes ignorar.
Niños que han perdido la vida.
Madres llorando.
Gente sin comida.
Cuerpos bajo escombros.
Y algo dentro de ti dice:
“Esto no puede estar bien…”
Pero al mismo tiempo, te da miedo decirlo.
Miedo de estar en contra de Dios.
Miedo de equivocarte.
Miedo de hablar contra algo que Él estableció.
Y mientras tanto… muchos líderes cristianos, pastores conocidos, personas que respetas, hablan públicamente apoyando la guerra, justificando todo lo que pasa, como si no hubiera nada que cuestionar.
Y aquí también necesitamos detenernos con humildad. Porque a veces, como cristianos, en lugar de ir primero a la Palabra, de pedir discernimiento al Espíritu Santo y de rendir nuestro corazón delante de Dios, nos vamos por lo más fácil: repetir lo que dice un líder, un pastor o una voz conocida. Pero nuestra fe no fue llamada a descansar en opiniones humanas, sino en Cristo. Por eso, antes de seguir a cualquier hombre, debemos volver a la Biblia, orar, pedir dirección al Espíritu Santo y examinar si lo que estamos escuchando realmente refleja el corazón de Jesús.
Y aquí es donde también necesitamos entender bien lo que muchos están diciendo sobre las profecías:
Sí, Jesús dijo que habría guerras. En Mateo 24:6 Él mismo dijo: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.”
Es importante entender esto correctamente: Jesús no estaba aprobando la guerra ni llamando a participar en ella, sino describiendo una realidad de un mundo caído. Él no dijo “háganlo”, ni “está bien que ocurra”, sino “no se turben cuando suceda”. Es una advertencia, no una autorización.
De hecho, la misma Palabra de Dios explica claramente el origen de las guerras. En Santiago 4:1 dice: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” Es decir, las guerras no nacen del corazón de Dios, sino del corazón del hombre cuando se aparta de Él.
Por eso, aunque hoy algunos digan que lo que está ocurriendo es “cumplimiento profético”, debemos tener mucho cuidado. Dios puede anunciar lo que va a suceder, pero eso no significa que apruebe el pecado que lo provoca. Lo mismo pasó con la traición de Judas: estaba dentro del plan, pero no fue aprobada por Dios. Y si recordamos cómo terminó Judas, nos deja una advertencia seria: cuando el hombre actúa fuera del corazón de Dios y no vuelve a Él con arrepentimiento verdadero, el resultado nunca termina bien.
Además, la Biblia nos advierte que vendrían tiempos donde muchos preferirían escuchar lo que quieren oír (2 Timoteo 4:3). Por eso, no todo lo que se presenta como “bíblico” necesariamente refleja el carácter de Cristo.
Las profecías nos preparan…
pero el carácter de Cristo es lo que debe definir cómo reaccionamos.
Vamos con calma… pero con verdad.
En el Antiguo Testamento, Dios sí eligió a Israel. Lo llamó, lo formó, le dio promesas, lo defendió con poder. Eso no está en discusión.
Pero hay algo que muchos pasan por alto…
Dios nunca respaldó todo lo que Israel hacía solo por ser Israel.
Cuando Israel actuaba con injusticia, Dios lo confrontaba.
Cuando oprimía, Dios lo juzgaba.
Cuando se desviaba, Dios lo disciplinaba.
Los profetas no fueron aplaudidores del pueblo… fueron voces de Dios que denunciaban el pecado, aun dentro del pueblo escogido.
Eso es clave entenderlo.
Porque entonces queda claro que:
ser escogido no es permiso para actuar sin rendir cuentas delante de Dios.
Y ahora viene lo más importante…
Jesús.
Jesús no vino a levantar una bandera política.
No vino a decir: “defiendan a esta nación cueste lo que cueste”.
Jesús vino a revelar el corazón del Padre.
Y el corazón del Padre nunca se alegra con la muerte del inocente.
Nunca.
Jesús lloró por Jerusalén.
Jesús se acercó al quebrantado, sin importar quién fuera ni de dónde viniera.
Jesús sanó, restauró, tuvo compasión… no solo por Israel, sino también por otros, mostrando que su amor no estaba limitado a una sola nación.
Y dijo algo que muchos citan… pero pocos aplican:
“Bienaventurados los pacificadores…” (Mateo 5:9)
No dijo: “bienaventurados los que justifican la violencia”.
No dijo: “bienaventurados los que defienden un bando sin cuestionar”.
Dijo: pacificadores.
Entonces… aquí es donde tenemos que ser honestos como cristianos.
Nuestra lealtad no es a una nación.
Nuestra lealtad es a Cristo.
Y eso cambia todo.
Porque entonces ya no puedes ver la guerra como “ellos contra ellos”.
Ahora lo ves como Dios lo ve…
Personas.
Almas.
Dolor.
Y aquí viene algo fuerte… pero necesario decirlo con amor:
Un cristiano nunca debe justificar, celebrar ni volverse indiferente ante la muerte de inocentes, sin importar quién la cause.
No importa el contexto político.
No importa el argumento histórico.
No importa quién empezó.
Si hay niños que han perdido la vida… eso duele a Dios.
Si hay hambre, destrucción, sufrimiento… eso importa.
Y no, no estás en contra de Dios por sentir eso.
Al contrario… puede ser que tu corazón esté más alineado con Él de lo que piensas.
Porque el problema no es amar a Israel.
El problema es justificar lo injustificable por miedo.
El problema es callar la compasión para no “equivocarnos teológicamente”.
El problema es cuando la fe se vuelve tan rígida… que deja de sentir.
Y eso sí es peligroso.
Porque entonces dejamos de parecernos a Cristo…
y empezamos a parecernos más a sistemas, ideologías o interpretaciones humanas.
Aquí está la posición clara del cristiano:
Amamos lo que Dios ama.
Honramos lo que Dios estableció.
Pero nunca justificamos lo que Dios no aprueba.
Y Dios nunca aprueba la injusticia.
Nunca aprueba la crueldad.
Nunca aprueba el sufrimiento del inocente.
Entonces sí… oramos por Israel… y también oramos por todas las naciones que están viviendo guerra, dolor o injusticia en cualquier parte del mundo.
No tomamos partido por la violencia…
tomamos partido por la verdad, la justicia y la misericordia.
Ahora… hay algo más que debemos entender, porque también es parte de lo que estamos viendo hoy.
Muchos de los conflictos actuales se justifican como necesarios para proteger al mundo de amenazas mayores, bajo la idea de prevenir peligros futuros. Sin embargo, aun cuando los seres humanos intentan tomar control de las situaciones, nosotros como creyentes debemos recordar algo firme: Dios sigue teniendo el control por encima de toda nación, poder o decisión humana.
Pero incluso en medio de esos argumentos… la realidad sigue siendo la misma:
Nada de eso justifica el sufrimiento del inocente.
Ninguna estrategia política…
ningún temor global…
ninguna guerra preventiva…
justifica que un niño pierda la vida.
Y aquí viene una frase que hay que decirla claro… pero con el corazón correcto:
Si en algún momento, como cristianos, llegamos a ver la guerra sin que nos duela el sufrimiento humano… entonces vale la pena detenernos y preguntarnos, con sinceridad en el corazón, si estamos entendiendo realmente para qué vino Cristo y regresar al centro del Evangelio: su vida, su muerte y su resurrección.
Porque Cristo no vino a endurecer corazones…
vino a salvarlos.
Y si algún líder espiritual justifica la guerra sin dolor, sin compasión, sin lágrimas…
entonces tenemos que volver a la Biblia, no a las opiniones.
Porque incluso los líderes pueden equivocarse.
Te dejo esta reflexión… bien honesta:
Tal vez no estamos llamados a defender bandos…
tal vez estamos llamados a reflejar a Cristo en medio del caos.
Tal vez no tenemos todas las respuestas…
pero sí sabemos algo con certeza:
Jesús nunca celebraría la pérdida de la vida de un niño.
Y si eso es verdad…
entonces nuestra postura también debería reflejar eso.
Te invito a que me acompañes en esta oración…
Señor, en medio de tanta confusión, danos un corazón como el Tuyo. Líbranos del miedo de pensar diferente cuando la verdad lo requiere. Enséñanos a amar sin parcialidad, a tener compasión real y a no endurecernos ante el dolor. Danos discernimiento para no justificar lo que Tú no justificas, y valor para mantenernos firmes en la verdad con amor. Protege a los inocentes, en cualquier nación, trae paz donde hay guerra, y consuelo donde hay pérdida. Levanta a tu Iglesia como luz en medio de la oscuridad. Que no seamos eco de opiniones, sino reflejo de Cristo. Amén.
En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.




