Enséñanos a contar nuestros días.

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Hay una verdad que casi nadie quiere mirar de frente: la vida no es tan larga como creemos. Moisés, el autor del Salmo 90, no escribe desde la comodidad ni desde la teoría. Es un hombre que vio generaciones completas nacer y morir en el desierto. Vio promesas cumplirse… y otras perderse por desobediencia. Desde ahí, con los pies llenos de polvo y el corazón lleno de historia, pronuncia estas palabras.

“Algunos llegamos hasta los setenta años, quizás alcancemos hasta los ochenta, si las fuerzas nos acompañan. Tantos años de vida, sin embargo, solo traen problemas y penas: pronto pasan y volamos.”

No es pesimismo. Es realismo espiritual. Moisés no dice que la vida no tenga sentido, dice que es frágil. Que aun los años largos se sienten cortos cuando miramos atrás. Que el tiempo se nos va sin pedir permiso. Y mientras tanto, seguimos postergando lo importante, creyendo que siempre habrá “mañana”.

El problema no es vivir muchos años. El problema es vivirlos sin conciencia de Dios.

Luego viene una pregunta incómoda, de esas que no se responden con frases bonitas:

“¿Quién puede comprender el poder de tu ira?”

Hoy casi no se habla de la ira de Dios. Preferimos un Dios suave, manejable, que no confronte. Pero la Biblia presenta a un Dios santo, justo, que no juega con el pecado. Su ira no es caprichosa; es la reacción justa de un Dios perfecto frente a un mundo que insiste en vivir sin Él.

Y Moisés lo entiende bien: la verdadera medida del temor de Dios no es el miedo, sino el respeto profundo que transforma la manera de vivir.

Por eso el salmo no termina en juicio, sino en una súplica llena de sabiduría:

“Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría.”

Aquí está el centro de todo.

Contar nuestros días no es obsesionarnos con la muerte, es aprender a vivir mejor. Es dejar de desperdiciar el tiempo en rencores, en orgullo, en cosas que no edifican. Es dejar de vivir como si fuéramos eternos en la tierra y empezar a vivir como ciudadanos del cielo.

Un corazón sabio no nace solo. Se forma cuando reconocemos que necesitamos a Dios para administrar nuestra vida. Que cada día es un regalo. Que cada decisión cuenta. Que cada palabra deja huella.

Tal vez hoy Dios no quiere que cambies todo de golpe. Tal vez solo quiere que despiertes. Que mires tu vida con honestidad. Que te preguntes si estás viviendo con propósito o solo sobreviviendo.

Porque los días pasan. Vuelan. Y lo único que permanece es lo que hicimos con Dios en medio de ellos.

Te dejo esta reflexión: no se trata de cuántos años vivamos, sino de cómo los vivimos delante de Él.

Te invito a que me acompañes en esta oración.

Señor, enséñame a valorar el tiempo que me das. Ayúdame a vivir con sabiduría, a no postergar lo eterno por lo urgente, y a caminar cada día con temor reverente delante de Ti. Que mi vida tenga peso eterno y no solo rutina diaria. Amén.

En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.

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