La desesperanza también puede matar.

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La desesperanza también puede matar.
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Uziel nunca imaginó que llegaría el día en que despertaría sin encontrar una razón para seguir.

Hubo un tiempo en que su vida era distinta.

Era un hombre de familia. Amaba profundamente a su esposa y a sus hijos. Trabajaba con honestidad, procuraba ser un buen padre y un buen esposo. Los domingos nunca faltaba a la iglesia. Servía con entusiasmo, participaba en las actividades y disfrutaba hablar de Dios con quien lo necesitara.

No era un hombre perfecto.

Pero tenía paz.

Hasta que comenzaron las pruebas.

Primero fue una dificultad económica. Después perdió oportunidades que había esperado durante años. Llegaron problemas familiares, enfermedades, deudas y preocupaciones que parecían no terminar nunca.

Al principio pensó que todo pasaría.

Pero no pasó.

Cada problema dio paso a otro.

Y otro.

Y otro más.

Las noches comenzaron a hacerse eternas.

Dormía poco.

Pensaba demasiado.

Sonreía delante de los demás, pero por dentro se estaba derrumbando.

Todavía oraba…

Pero sus oraciones se fueron convirtiendo en silencio.

Sentía que Dios ya no lo escuchaba.

Sentía que el cielo estaba cerrado para él.

Cuando alguien le preguntaba cómo estaba, respondía:

—Estoy bien.

Pero en realidad estaba dejando de existir poco a poco.

Dejó de congregarse.

Dejó de leer la Biblia.

Dejó de responder las llamadas de quienes querían ayudarlo.

Su esposa trataba de animarlo.

Sus hijos buscaban hacerlo sonreír.

Algunos hermanos de la iglesia fueron a visitarlo.

Pero Uziel ya había levantado un muro alrededor de su corazón.

Pensaba que nadie podía entender lo que estaba viviendo.

Con el tiempo llegó la depresión.

Después el desánimo.

Luego la desesperanza.

Y finalmente algo mucho más peligroso:

Se convenció de que ya no tenía salida.

Su cuerpo seguía caminando.

Pero por dentro ya había renunciado a luchar.

Los meses pasaron.

La tristeza comenzó a reflejarse también en su salud.

Comía mal.

Dormía peor.

Vivía bajo una presión constante.

Hasta que una mañana, mientras se preparaba para salir de casa, sintió un fuerte dolor en el pecho.

Cayó al suelo.

Los paramédicos hicieron todo lo posible.

Pero ya era demasiado tarde.

Uziel murió.

Tenía muchos sueños pendientes.

Muchos abrazos que ya no pudo dar.

Muchas palabras que nunca dijo.

Su esposa quedó viuda.

Sus hijos crecieron enfrentando una ausencia que jamás pudo llenarse.

No solo perdieron a un padre.

Perdieron las conversaciones, los consejos, las risas, los cumpleaños, las graduaciones y tantos momentos que él habría querido vivir junto a ellos.

La familia atravesó tiempos muy difíciles.

Hubo lágrimas.

Hubo incertidumbre.

Hubo preguntas que nadie podía responder.

Y mientras todos lamentaban su partida, muchos recordaban algo con profundo dolor:

No fue un solo problema lo que acabó con Uziel.

Fue permitir que la desesperanza gobernara su corazón día tras día, sin buscar ayuda, sin abrir su dolor y creyendo que ya no había esperanza para él.

Qué diferente habría sido su historia si hubiera permitido que alguien caminara a su lado.

Qué diferente habría sido si hubiera comprendido que pedir ayuda no era una señal de debilidad.

Qué diferente habría sido si hubiera dado una oportunidad más.

Pero ese día nunca llegó.

Y su historia terminó demasiado pronto.

Quizá esta historia te hizo pensar en alguien…

O quizá, mientras la escuchabas, sentiste que en realidad estabas escuchando una parte de tu propia vida.

A veces creemos que tocar fondo sucede de un momento a otro, pero casi nunca es así. Generalmente comienza con pequeñas renuncias: dejamos de hablar, dejamos de pedir ayuda, dejamos de congregarnos, dejamos de orar… hasta que un día sentimos que ya no hay salida.

Si hoy estás viviendo una lucha parecida, no te quedes callado. No cargues ese peso tú solo. Dios no diseñó nuestra vida para caminar en soledad. Él también usa a la familia, a la iglesia, a los amigos e incluso a profesionales para levantarnos cuando nuestras fuerzas ya no alcanzan.

No permitas que la historia de Uziel sea también la tuya.

Y si conoces a alguien que se ha aislado, que ya no sonríe como antes, que dejó de congregarse o simplemente dice que «todo está bien», quizá hoy Dios te está recordando que una llamada, una visita o un abrazo pueden llegar en el momento justo.

No esperes a que sea demasiado tarde.

La Biblia dice:

«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.» (Salmo 34:18).

Si esta reflexión habló a tu corazón, me gustaría leerte. Cuéntanos en los comentarios cómo estás viviendo este momento de tu vida o escribe el nombre de esa persona por la que quisieras que oremos. No estás solo. Como comunidad, queremos unirnos contigo en oración y creer que Dios sigue obrando aun en medio de las noches más oscuras.

Te invito a que me acompañes en esta oración. No importa dónde estés o cómo te sientas en este momento. Si las fuerzas te faltan, deja que estas palabras también expresen el deseo de tu corazón delante de Dios.

Señor, hoy quiero pedirte por cada persona que está luchando en silencio. Tú conoces el peso que llevan en su corazón, las noches de insomnio, el miedo, la tristeza y el cansancio que nadie más ve.

Dales fuerzas para dar un paso más. Pon en su camino personas que puedan escucharlos, sostenerlos y acompañarlos. Ayúdalos a no aislarse ni creer la mentira de que ya no hay esperanza.

Y si alguno se ha alejado de Ti, recuérdale que mientras haya vida, siempre puede volver a buscarte. Llena su corazón con tu paz y tu consuelo, y enséñanos también a estar atentos a quienes sufren en silencio.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Somos Cristianos — Conectando corazones con Cristo.

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