A veces uno no encuentra palabras…
pero aun así, el corazón insiste en decirlo.
Cristo…
qué grande eres.
Grande como los cielos que no alcanzamos a medir,
como el mar que no termina,
como las montañas que parecen tocar lo eterno.
Todo lo que existe habla de Ti,
todo lo que respira lleva tu huella,
todo lo creado susurra tu nombre… aunque muchos no lo noten.
Eres el Dios que sostiene el universo con una palabra,
el que da vida al viento,
el que pinta cada amanecer sin repetir uno solo.
Tu poder es inmenso…
tu gloria es imposible de describir.
Y aun así…
fuiste humilde.
Te hiciste carne.
Te hiciste uno de nosotros.
No naciste en palacio… naciste en un pesebre.
No viniste con corona… viniste con amor.
No viniste a imponerte… viniste a servir.
Qué contradicción tan hermosa…
el Dios infinito… caminando entre nosotros.
Tú que lo creaste todo,
tocando enfermos con manos humanas.
Tú que reinas sobre todo,
sentándote a comer con pecadores.
Tú que eres santo…
abrazando a los que nadie quería.
Y luego la cruz…
No la evitaste.
No te defendiste.
No huiste.
Te quedaste.
Soportaste el dolor…
las burlas…
el abandono…
el peso del pecado que no era tuyo.
Por nosotros.
Por amor.
Cuando no lo merecíamos…
cuando estábamos lejos…
cuando ni siquiera pensábamos en Ti…
Tú ya nos amabas.
Desde antes de nacer,
desde antes de existir,
ya habías decidido dar tu vida por nosotros.
Y ahí… en esa cruz…
no se vio debilidad…
se vio el amor más grande que existe.
Cristo…
qué grande eres…
tan grande en tu poder,
y tan humilde en tu amor.
No hay palabras suficientes…
pero aun así te lo digo con lo poco que soy:
Gracias, Señor.
Somos Cristianos, conectando corazones con Cristo.




