En el libro de Apocalipsis, Jesús habló a la iglesia de Laodicea y les dijo:
«Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.» (Apocalipsis 3:15-16)
A primera vista parece extraño. ¿Por qué Jesús preferiría que alguien fuera frío antes que tibio?
Muchos piensan que «frío» significa estar alejado de Dios y «caliente» significa amar a Dios. Pero el contexto histórico nos ayuda a entender mejor.
La ciudad de Laodicea recibía agua por acueductos. El agua caliente provenía de fuentes termales cercanas y servía para sanar. El agua fría de otras ciudades era refrescante y útil para beber. Pero cuando el agua llegaba a Laodicea, se volvía tibia, desagradable y muchas veces provocaba náuseas.
Jesús estaba usando una imagen que ellos entendían perfectamente.
Esto no significa que Jesús prefiera a las personas alejadas de Dios. Más bien, estaba señalando que tanto el agua fría como la caliente tenían un propósito, pero el agua tibia no. La advertencia iba dirigida a quienes afirmaban seguir a Dios, pero habían dejado de vivir una fe genuina. Eran creyentes de nombre, pero su relación con Dios ya no producía fruto ni transformación.
El problema no era que fueran fríos. El problema era que ya no servían para lo que Dios los había llamado. No refrescaban a nadie. No sanaban a nadie. No impactaban a nadie. Habían perdido su pasión y su compromiso.
Decían creer en Dios, pero su fe ya no transformaba su vida.
Y si somos sinceros, eso también puede pasarnos a nosotros.
Podemos seguir asistiendo a la iglesia, escuchar predicaciones, leer versículos en redes sociales y aun así tener un corazón distante de Dios.
La tibieza espiritual no siempre se ve como rebeldía. Muchas veces se ve como comodidad.
Es cuando dejamos de buscar a Dios con el mismo deseo de antes.
Cuando oramos por costumbre.
Cuando sabemos lo correcto, pero ya no lo practicamos.
Cuando queremos a Jesús como Salvador, pero no como Señor.
La buena noticia es que Jesús no dijo estas palabras para condenar, sino para despertar.
Unos versículos después declara:
«Yo reprendo y disciplino a todos los que amo.»
Es decir, si Jesús señala la tibieza, es porque todavía hay esperanza.
Quizás hoy no necesitas volver a la iglesia. Quizás sí vas cada semana.
Quizás lo que necesitas es volver a encender tu relación con Dios.
Volver a hablar con Él con sinceridad.
Volver a depender de Él.
Volver a amar lo que antes amabas cuando comenzaste tu caminar con Cristo.
Antes de terminar, quiero dejarte esta reflexión: Dios no busca personas perfectas. Busca corazones rendidos. El peligro no está en luchar o caer; el verdadero peligro es acostumbrarnos a una fe sin pasión, sin compromiso y sin transformación.
Te invito a que me acompañes en esta oración:
Señor Jesús, examina mi corazón. Muéstrame si me he vuelto tibio sin darme cuenta. Perdóname por las veces que me he conformado con una fe superficial. Enciende nuevamente el fuego de tu Espíritu en mi vida. Quiero buscarte con todo mi corazón y vivir para agradarte cada día. En tu nombre oro. Amén.
SomosCristianos
Conectando corazones con Cristo.




