¿Existe la brujería según la Biblia?

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Quédate conmigo tantito, porque este tema no es para asustar a nadie… pero sí para abrir los ojos y cuidar el corazón.

Cuando alguien pregunta: “¿Existe la brujería según la Biblia?”, muchas veces no lo pregunta por curiosidad. Lo pregunta porque ya vio algo raro, porque alguien le habló de “amarres”, porque una tía le dijo que le hicieron “trabajo”, porque en su casa se siente una pesadez, porque le ofrecieron una limpia, porque está desesperado… o porque tiene miedo.

Y aquí es donde hay que hablar con calma y con verdad. La Biblia no nos enseña a vivir paranoicos, pero tampoco nos enseña a jugar con lo oscuro. El punto no es andar viendo demonios en cada esquina. El punto es entender qué es lo que Dios sí nos advierte… y por qué.

Sí, según la Biblia, la brujería existe. No como un cuento, ni como folklore, ni como “energías” bonitas disfrazadas. Existe como una forma de buscar poder, respuestas o control espiritual por un camino que no es Dios. Y eso, por donde lo veas, termina lastimando.

A veces la gente se mete en eso por dolor. Una mujer con el corazón roto. Un hombre que no puede soltar una relación. Un papá desesperado por un hijo en drogas. Una persona enferma que ya no quiere sufrir. Alguien que se siente solo y quiere “una señal”. Y entonces aparece la oferta que suena tan atractiva: “Yo te ayudo… pero haz esto”. “Yo te digo qué va a pasar… pero págame aquello”. “Yo te traigo a esa persona… pero necesito una prenda”. “Yo te quito lo malo… pero primero hay que abrir una puerta”.

Y el problema es ese: que se abren puertas.

Dios, desde el principio, fue fuerte con ese tema. No porque sea un Dios exagerado. Sino porque sabe que lo oculto promete alivio, pero cobra caro. Por eso en la Ley, cuando Dios estaba formando un pueblo en medio de naciones llenas de idolatría y prácticas oscuras, lo prohibió sin titubeos. Hay un versículo que suena durísimo hoy en día y lo entiendo: “A la hechicera no dejarás que viva.” Eso fue una ley civil para Israel en ese tiempo, en un contexto histórico específico. No es una instrucción para que alguien haga daño hoy. Pero sí nos revela algo: para Dios no era un jueguito. No era “una creencia más”. Era algo espiritual y destructivo.

Y luego viene otro pasaje todavía más claro, donde Dios enumera cosas que hoy siguen vivas, solo que con otros nombres: “No sea hallado en ti… quien practique adivinación… hechicería… encantamientos… ni quien consulte a los muertos… porque es abominación para Jehová.” Aquí Dios no está diciendo “me caen mal esas personas”. Está diciendo: “Eso no es mío. Eso te contamina. Eso te engancha”.

Porque lo oculto siempre tiene el mismo gancho: darte la sensación de que tú puedes controlar lo que solo Dios controla. Te ofrece atajos para no enfrentar el dolor, para no esperar, para no perdonar, para no cambiar por dentro. Y en lo profundo, eso es lo que hace peligroso el asunto: te va moviendo el corazón lejos de Dios, aunque tú digas que “crees en Dios”.

Hoy en día esto no suena extraño para nadie. Hay personas que dicen leer el tarot, interpretar los horóscopos, leer la mano, hacer limpias, amarres para que regrese un esposo, rituales para “atar” a alguien o incluso trabajos para hacer daño. Y aquí hay que hablar con claridad, sin exagerar pero sin mentir: sí, esas prácticas existen, y la Biblia no las presenta como algo inofensivo. No porque todos los que las practican tengan poder real, sino porque el problema no está en el ritual en sí, sino en el corazón que decide buscar ayuda fuera de Dios. Frente a esto, el cristiano no responde con miedo ni con venganza, sino con firmeza y fe. No se combate lo oscuro con más oscuridad, ni con rituales “cristianos” improvisados. Se combate permaneciendo en Cristo, cerrando toda puerta espiritual, rechazando cualquier participación en esas prácticas y confiando en que Dios es suficiente protector. La Biblia no nos manda a vivir defendiéndonos de la brujería, sino caminando en la luz, porque donde hay luz, la oscuridad no tiene autoridad.

Hay gente que dice: “Yo sí creo en Dios, pero también me hago una limpia… por si acaso”. Y ese “por si acaso” es más serio de lo que parece. Porque Dios no quiere ser parte de un menú espiritual. Dios no comparte su lugar. “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Y a veces “dios ajeno” no es una estatua: es una práctica, una confianza escondida, un amuleto, un ritual, una consulta.

Un ejemplo que a mí me pega mucho es el de Saúl. Saúl era rey, conocía de Dios, había visto milagros… pero llega un momento donde está desesperado y en vez de humillarse, decide buscar una salida oscura. Busca una adivina para consultar a un muerto. Y esa historia no se cuenta para entretener, se cuenta para advertir: cuando alguien se desconecta de Dios por dentro, busca control por fuera. Y eso no lo levantó… lo terminó hundiendo.

Y si alguien piensa “eso era antes”, el Nuevo Testamento también lo toca. No como show, sino como realidad. Aparece Simón, un hombre que practicaba magia y tenía a la gente impresionada. Y cuando vio el poder real del Espíritu Santo, quiso comprarlo, como si fuera una técnica. Pedro lo confronta con una frase que corta como navaja: “Has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero.” O sea: lo de Dios no se manipula. No se compra. No se controla.

Luego está lo que pasó en Éfeso, cuando mucha gente se convirtió de verdad y quemó sus libros de magia. Eran libros caros, valiosos, pero aun así los quemaron. No los guardaron “por si acaso”. Los soltaron. Porque entendieron que no se puede abrazar a Cristo con una mano y con la otra seguir guardando lo oscuro. Cuando la luz llega, la oscuridad deja de tener atractivo.

Y aquí viene algo muy importante: Dios no prohíbe la brujería porque tenga miedo de ella. La prohíbe porque no quiere que vivas esclavo del miedo. Todo lo oculto termina produciendo dependencia, ansiedad, obsesión y una vida sin paz. Y Dios quiere paz para ti. Quiere libertad.

La Biblia reconoce que hay oscuridad real, pero también dice algo que cambia todo: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.” Eso significa que un cristiano no vive del susto. Vive de la confianza. No porque sea fuerte, sino porque Cristo es fiel.

Por eso el llamado no es a obsesionarnos con la brujería, sino a rechazarla con firmeza y caminar en la luz. No normalizarla, no jugar con ella, no maquillarla. Cosas como horóscopos, cartas, limpias, amarres, espiritismo, rituales, brujería “blanca” o “energías” no son inofensivas, aunque así se vendan.

Y si alguien que lee esto ha estado involucrado en esas cosas, escúchame con amor: en Cristo sí hay salida. No estás marcado para siempre. Jesús no vino a aplastar al que cayó. Vino a liberar. La libertad comienza cuando renuncias, cierras puertas, sueltas lo que abriste y decides caminar con Dios de verdad, no a medias.

Te dejo esta reflexión final, con cariño: lo oculto siempre promete control, pero al final te roba la paz. Y cuando pierdes la paz, pierdes más de lo que crees.

Y ahora sí, te invito a que me acompañes en esta oración, con el corazón tranquilo:

Señor Jesús, hoy me acerco a Ti con sinceridad. Si en algún momento abrí puertas que no debía, si consulté o participé en cosas que no venían de Ti, te pido perdón. Renuncio a todo lo que no es tuyo. Limpia mi mente, mi casa, mi corazón y mi vida. Decido confiar en Ti, aun cuando tenga miedo o preguntas. Tú eres mi protección, mi verdad y mi paz. Amén.

En Somos Cristianos Conectamos Corazones con Cristo.

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